Relato

 

Inspiración de hoy: La vida breve (fragmento), 1950.

Autor: Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909- Madrid, 1944).

[…] Díaz Grey estaría mirando, a través de los vidrios de la ventana y de sus anteojos, un mediodía de sol poderoso, disuelto en las calles sinuosas de Santa María. Con la frente apoyada y a veces resbalando en la suavidad del cristal de la ventana, próximo al rincón de las vitrinas o al hemiciclo del escritorio desordenado. Miraba el río, ni ancho ni angosto, rara vez agitado; un río con enérgicas corrientes que no se mostraban en la superficie, atravesado por pequeños botes de remo, pequeños barcos de vela, pequeñas lanchas de motor y, según un horario invariable, por la lenta embarcación que llamaban balsa y que se desprendía por las mañanas de una costa con ombúes y sauces, para ir metiendo la proa en las aguas sin espuma y acercarse, balanceándose, al doctor Díaz Grey y a la ciudad donde vivía. Una balsa cargada de pasajeros, con un par de automóviles sujetos con cables, trayendo los matutinos de Buenos Aires, transportando tal vez canastas de uvas, damajuanas rodeadas de paja, maquinarias agrícolas.
«Ahora la ciudad es mía, junto con el río y la balsa que atraca en la siesta. Ahí está el médico con la frente apoyada en una ventana; flaco, el pelo rubio escaso, las curvas de la boca trabajadas por el tiempo y el hastío; mira un mediodía que nunca podrá tener fecha, sin sospechar que en un momento cualquiera yo pondré contra la borda de la balsa a una mujer que lleva ya, inquieta entre su piel y la tela del vestido, una cadenilla que sostiene un medallón de oro, un tipo de alhaja que ya nadie fabrica ni compra. El medallón tiene diminutas uñas en forma de hoja que sujetan el vidrio sobre la fotografía de un hombre muy joven, con la boca gruesa y cerrada, con ojos claros que se prolongan brillando hacia las sienes.»

Fortunato Lacámera (Buenos Aires, 1887 – 1951) @Museo Nacional de Bellas Artes (Buenos Aires)

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Relato 2 de abril de 2020: Helados y Coronavirus

Autor: Hector Perdomo Velazquez.

Son las tres de la tarde y el sol entra caliente por mi ventana. Afuera, el viento juega con las hojas de los árboles y una parvada de loros gritonea entre las flores anaranjadas de un tulipán africano. Es el día 29 de la cuarentena de la era del coronavirus COVID-19 del siglo XXI. También es un viernes de fin de mes, pero podría ser un lunes o un miércoles, da igual. He perdido el sentido del tiempo, los relojes están aburridos esperando administrar las actividades de mi día, con horas, minutos y segundos.
A la distancia en el silencio de la calle se escucha la peculiar campanilla del señor de los helados. El ministro de salud aparece molesto todos los días en la televisión, para rogar a la población que se quede en casa para evitar el contagio. No hay peatones y rara vez pasa un auto por la calle, 5 millones de personas observan al ministro dentro de sus casas. La campanilla vuelve a romper el silencio ahora más cerca.
Tengo casi un mes durmiendo 10 horas, preparando café con 3 cucharaditas, leyendo noticias en los mismos 4 periódicos y compartiendo casa con los mismos 2 gatos. Abrir los ojos, desayunar, leer las noticias, bañarme, preparar el almuerzo, ver alguna serie policíaca y cerrar los ojos otra vez. Cada día a la misma hora, el paisaje sonoro se altera al escucharse la campanilla del señor de los helados.
Los he visto por toda la ciudad, no sé de dónde vengan ni a dónde vayan. Me pregunto si siguen la misma ruta o caminan libres hacia donde creen que la gente necesita un helado. Siempre es un señor tras un carrito colorido de alguna empresa local de helados. Me imagino la humilde casa del señor, con un gran congelador lleno de cientos de helados y paletas que tiene que vender durante la semana. ¿Cuántas horas puede durar un helado en aquel carrito que sube la cuesta a 30 grados centígrados?
La bruja no está, el gato negro que habita mi casa sube a mi cama para enroscarse y dormir, quizás por la noche saldrá a hacer hechizos y atravesarse en el camino de alguna persona para causarle mala suerte. Un dinosaurio de plástico me observa entre plantas desde mi balcón, el Parasaurolophus producía sonidos por el viento que soplaba por su peculiar cráneo, mi dinosaurio de juguete produce un irrisorio sonido con un diminuto aparato bajo su panza. Es un sonriente dinosaurio construido con plástico, producido por restos fósiles de feroces dinosaurios de carne y hueso, – vaya ironía.
Miro el mapamundi entre círculos rojos. 586,140 infectados confirmados y 26,943 personas fallecidas. Al escribir este siguiente renglón una anciana italiana que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial ha perdido la batalla contra un organismo de 400 micras. La curva lineal se vuelve exponencial, hoy Estados Unidos tiene más infectados que China, el país de origen del contagio. Nadie podrá despedir a la anciana que será cremada con otros 919 muertos, que por cierto no volverán a comer gelatos. ¿Se han preguntado de qué sabor será el último helado que coman en su vida?
Mi barrio se ubica sobre la ladera de una montaña, las sinuosas calles suben y bajan, giran y dan vuelta una y otra vez sobre ríos, puentes y contadas planicies. Este abominable hombre de las nieves empuja su carrito por pendientes pronunciadas, el mismo número de veces también tiene jalar el peso para que el pequeño vehículo no se vaya corriendo a toda velocidad cuesta abajo. Si yo fuera aquel hombre, al final de cada pendiente me comería un sándwich de chocolate helado. Vaya fuerza de voluntad cargar con tan helada carga, caminando bajo los rayos calientes del sol.
Dicen que actualmente un virus puede transportarse por el mundo en menos de 36 horas. Comentan que tardarán al menos un año en probar las vacunas y repartirlas a toda la población del planeta. Según la receta de mi abuelo, hay que girar el bote con la mezcla en el hielo durante 2 horas, para hacer un buen helado. Y según un reportaje de Antena 3, una bola de helado tarda 5 minutos en derretirse bajo 32°C de calor. Estoy seguro de que un helado de pistache dura menos tiempo en mi boca.
Cuando era niño, mis padres me llevaban los fines de semana a comer Helados Chiandonni en la colonia Nápoles, atravesábamos la mitad de la Ciudad de México desde Villa Coapa sólo para comer un helado en menos de 5 minutos. Luego de adulto tuve la fortuna de vivir a pocas calles de la misma heladería italiana, las meseras me saludaban, estoy seguro de que trataban de adivinar si pediría plátano o mamey, cualquier sabor es una delicia. En mi infancia no había epidemias mundiales, nunca tuve sarampión, nunca tuve varicela, sería ridículo morir por una gripa en pleno siglo XXI.

Escuché el sonido agudo de la campanilla detenerse y salté con curiosidad desde mi cama. El gato negro siguió soñando con chimeneas y escobas voladoras. El mítico hombre de las nieves estaba en la puerta de mi casa bajo el sol. En silencio, lo vi abrir la tapa de aquel carrito que, como nave espacial expulsó vapor blanco, provocado por la sublimación de la nieve carbónica. Su mano se perdió al entrar en aquel gélido mundo portátil, que transportaba por la ardiente ciudad.
Miré por mi ventana como un astronauta mirando la galaxia, encerrado en una cápsula espacial. Obediente al ministro de salud, no había tenido contacto exterior por 4 semanas. Recordé que por la mañana el Papa Francisco había pedido orar por médicos, enfermeros y hasta por el personal de supermercados, pero no por el hombre de los helados. ¿Existirá el virus en el mundo del hombre de los helados?
Abrí la puerta por primera vez en días y con un guante de plástico blanco, tomé entre mis manos aquel helado tesoro. Galleta y chocolate se fundían rápidamente entre mis dedos, mi sonrisa se perdió detrás de un cubrebocas verde. El sonido peculiar de las campanillas del carrito se alejó por la calle, entre gritos de loros que veían el atardecer. Es curioso pensar que los médicos llevarán por el mundo las vacunas del coronavirus en una hielera gélida. Quiero imaginar un mundo en donde el señor de los helados reparta vacunas por las calles y los médicos repartan helados de fresa a los enfermos del mundo.
La calle se quedó sola y en silencio nuevamente. Hoy dormiré 10 horas y mañana prepararé otra vez café con 3 cucharaditas, mi ciclo de vida se repetirá varias veces más durante la cuarentena. Quisiera regresar el tiempo y comer más helado en un mundo sin pandemias. No queda más que confiar en que el señor de los helados llegue mañana con la cura, o con un helado para mantener la esperanza de que saldremos pronto a caminar por las calles del mundo.
Un helado para aquellos que comprendieron que nadie se salva solo.

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Relato 3 de abril de 2020: Yo me lavo las manos.

Autor: Enrique M. Rodríguez Balsa.

Entre los recuerdos de la infancia o los que guardamos de la infancia de nuestros hijos, la insistencia en lavarse las manos antes de comer o al volver de jugar en la calle con los amigos es probablemente uno de los que más recordamos, por recurrentes. En dura lucha con el mantenimiento del orden de la habitación, quizás.

Y es que lavarse las manos era probablemente considerado como una exageración paterna…y materna. “Lo que no te mata, te hace más fuerte”, “lo que no mata, engorda” alegábamos. Además, seguir el ritual purificador no era divertido ni agradable.

La expresión ha tenido desde muy antiguo un valor testimonial muy fuerte pero éticamente reprobable.Cuando no había modo ordinario de resolver un delito por imposibilidad de identificar a su autor, los ancianos del pueblo tenían la facultad de darlo por resuelto lavándose las manos en el lugar de su comisión. La responsabilidad quedaba liberada y la autoridad declinaba la responsabilidad de su resolución.

Un significado parecido nos ha llegado a la actualidad. “Lavarse las manos” tiene una primera acepción de “desentenderse de un asunto que te atañe”. Aunque tengamos interés o responsabilidad en la situación, por desacuerdo con el modo de gestionarla nos ponemos de perfil y miramos hacia el este por si sale el sol. Dejamos solo a alguien, fundamentalmente. Su malignidad está en relación con nuestro grado de responsabilidad en el asunto.

Repugnancia ante la acción de otros” es un segundo nivel. Probablemente no tenemos nada que ver con unbuen embrollo o una situación embarazosa, pero decidimos dar un paso adicional atrás y manifestar nuestro desagrado.

Los que asistíamos a Misa antes de la eclosión de nuestro odioso COVID19 -desde luego más por necesidad que porpostureo o autosuficiencia- la solemos identificar directamente con la decisión del procurador Poncio Pilato, entregando a Jesús al Sanedrín judío con tres agravantes: desistir de su responsabilidad legal, no hacer caso al sueño de su mujer acerca del carácter de “justo” de su prisionero y traición a su conciencia por darse cuenta de que tenía a la Verdad delante y despreciarla. Desde entonces, el pobre Pilato carga con pesar con un sambenito histórico. La escena se nos graba en el corazón como una dejadez infinita y una traición a los principios.

Pero ataca el COVID19 nuestro modo de vida y la expresión “yo me lavo las manos” ha recibido un gran arreglo cosmético, higiénico y ético:

Lavarse las manos durante el tiempo de dos ‘cumpleaños feliz’”: ya no sólo hacerlo bien. Hemos precisado su duración y su ritual, con numerosos titulares que nos enseñan a limpiar un elemento fundamental de nuestra salud física.
Lavarse las manos” es una de las acciones básicas con las que cada individuo colabora y se responsabiliza en algo que queda -quizás- muy lejos de su responsabilidad directa y diaria, como lo es la salud pública. Es un recuerdo de nuestro compromiso colectivo.
“Lavarse las manos” recibe un nuevo significado de generosidad. No sólo es una forma de pensar en nuestra salud, sino de ser corresponsable en el mantenimiento de la salud de los demás. Nuestras manos contagiadas pueden dejar una huella letal en cualquier elemento público que dañe a los demás.
“Lavarse las manos” es hoy un arma de guerra. Los tutoriales tan divertidos de padres que dibujabanvirus en las manos de sus hijos para que los borraranrestregando sus manos y la entrega de los chavales en la tarea son un modo pedagógico de reflejar que el que se lava las manos se entrega en la batalla.
Lavarse las manos” ha recibido la consideración de expresión ética de compromiso público, superando su antigua concepción de desdén o desentendimiento.

El caso es que intuimos que un efecto parecido puedeextenderse a otras expresiones. O situaciones. O convicciones. O acciones.

Intuimos que conceptos como “rentabilidad”, “sostenibilidad”, “solidaridad”, “prevención”, “compasión”, “equilibrio”, “prioridades”, “objetivos”, “beneficios”, “vida” … necesitan un buen retoqueestético, higiénico y -sobre todo- ético.

Yo me lavo las manos”. Me atrae el reto.

 

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Día 5 de abril de 2020: Necesidad.

Autora: Paula Carmona Mayoral.

Día veintiocho y un cuarto. Día veintiocho y un medio. Día veintiocho y tres cuartos. Día veintinueve. Día veintinueve y un cuarto. Día veintinueve y un medio. Día veintinueve y tres cuartos. Día treinta. Seguía sin obtener respuesta. Su última hora de conexión no había cambiado. En treinta días, su última hora de conexión no había cambiado. Olvídate, pensaba. Olvídate. Y es que, ¿acaso tenía alguna necesidad de saber de él?

Día treinta y dos y un sexto. Día treinta y dos y un tercio. Día treinta y tres menos un cuarto. Necesitaba chocolate. Podría comer Nocilla, pero se sentiría después demasiado pesada. Optó por el bizcocho de chocolate con pepitas de chocolate mojado en una taza de chocolate. Todo de Mercadona. Y es que, ¿acaso importaba la pesadez?

Día treinta y cuatro y mediodía. Sin ganas de siesta. Día treinta y cuatro y mediodía y un octavo. Sin ganas de trabajar. Con ganas de Netflix. Día treinta y cuatro y tarde a un cuarto de noche. Con más ganas de Netflix. Cero trabajo. Día treinta y cuatro y noche cerrada. Siete horas de Netflix. Hora de dormir. Y es que, ¿acaso no lo merecía?

Día treinta y ocho y lunes. Lunes de primer día se semana. Lunes de producción. Lunes de Microsoft Office. Lunes de correo electrónico. Lunes de catarsis. Lunes de tragedia. Lunes de muerte. Día treinta y ocho y lunes a un quinto de martes. Abre el WhatsApp, conversación con él, última hora de conexión quitada, sin respuesta. Y es que, ¿acaso es un to be continued de la vida?

Día cuarenta y a la mierda. Ella se levanta, coge el bizcocho de chocolate con pepitas de chocolate de Mercadona, enciende el portátil, abre Netflix, come con las manos, busca la serie más vista del país en esta semana, se tumba en la cama, cierra el email, se acurruca y coge el móvil. Abre WhatsApp, conversación con él, última hora de conexión quitada, sin respuesta, cuarenta días sin respuesta. Línea de puntitos arriba a la derecha, más, bloquear. No, atrás. Escribir: QUE TE JODAN. A TI, A TUS TIEMPOS, A TUS DUDAS Y A TU TOXICIDAD. Emoji cara amarilla con besito rojo de corazón. Bloquear. Día cuarenta y a la mierda. Bizcocho de chocolate con pepitas de chocolate de Mercadona. Ganas de Netflix. Sufrimiento cero. Qué necesidad.

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Día 7 de abril de 2020: Rechinar de dientes.

Autora: Ana Isabel Sánchez Caballero.
Los dientes le rechinaron aquella mañana de nuevo. Fue apenas un segundo, pero lo suficiente para que la tensión se hiciera presente, se extendiera de la lengua a la mandíbula hasta descender por la garganta. La almohada estaba humedecida de babas. ¿Cuántas veces había escuchado el despertador ? La música aséptica del móvil le irritaba, deseaba que el sonido se extinguiera, que pudiera apagarse telepáticamente – ¿cuándo se inventaría esto ? – pero el móvil ni siquiera era el suyo, estaba del otro lado de la cama y él parecía no tener ninguna intención de apagarlo puesto que era capaz de seguir durmiendo sin oírlo.
Ya que estaba despierta ahora, podría levantarse y seguir una buena disciplina. La vida le parecía algo importante y ya se había dado cuenta de que para ser dueña de sus decisiones necesitaba una rutina. Misma hora, misma actividad, un día tras otro. Como el agua que poco a poco erosiona la roca, lenta pero inexorablemente. Ansiaba esta rutina al mismo tiempo que ejercía sobre ella un pavor absoluto. La uniformidad, las semanas y meses iguales, un metrónomo uniforme, el presente estirándose como un chicle y un día, el cambio imperceptible, la satisfacción del objetivo cumplido, la transformación de capullo a mariposa. Pero también la ansiedad, la sensación de un tiempo que toma forma viscosa entre los dedos, el pensamiento encorsetado dentro de las delimitaciones ficticias de la agenda. ¡Y todos esos vídeos y libros sobre la productividad en todas sus formas posible ! La época del confinamiento no era una excepción : Astucias para mantener la línea durante la cuarentena. Aprovechar el confinamiento para desarrollar proyectos. Se levantó sin un plan fijo, sin mantra positivo en la cabeza. Y al dejarse llevar, se vio atraída por la persiana cerrada de la terraza como una polilla a la luz. Apoyó el botón del mecanismo eléctrico ansiosamente, queriendo recibir lo más pronto posible el contacto de los rayos del sol, esto solía acabar de despertarla. Un moscardón había pasado la noche aprisionado entre la persiana y el cristal de la ventana y aprovechó la mínima apertura para salir disparado. Su mancha negra osciló en vaivenes por el balcón hasta desaparecer de la vista. Esperó que se fuera para salir. El sol estaba bien presente pero un aire helado le erizó la piel de los brazos blancos. Se sentía expuesta como en un escaparate, despeinada y en pijama, pero imaginó que si algún vecino estuviera viéndola podría comprender sus salidas sin componer al balcón.
– ¿Cuál es tu plan para hoy ?- preguntó el novio en calzoncillos, recién levantado.
– Tengo que hacer un trabajo para mañana y me gustaría bajar por fin hoy la basura-
– Es verdad, ya toca. No olvides los guantes, dejaremos la puerta de la entrada abierta y así no tendrás que tocar ningún pomo.-
Al principio pensaba que este tiempo podría venirle tan bien para concentrarse en su oposición. Todos sus compañeros parecían plenos, redondos como un Buda feliz terminando una tarea tras otra ; embriagados de la efímera satisfacción del trabajo (bien) hecho que hay que colmar de nuevo con otro objetivo. ¿Esto era avance, evolución o simplemente ilusión de hámster dando vueltas en la rueda ? Sintió de nuevo la tensión en la garganta, de pronto no sabía dónde colocar la lengua para que estuviera relajada y ahora esta se encontraba aprisionada entre los dientes. Conscientemente, relajó los músculos de la mandíbula pero estos volvían una y otra vez a la contracción. La sensación penible de que la concentración iba a ser dura a causa de esta aparente insignificancia le hizo sentirse absurda. Mientras tanto, toda su cavidad bucal cobraba cada vez más protagonismo, ahora los dientes no sabían cómo encajarse, le molestaba terriblemente la existencia de la lengua en la boca.
Inconscientemente alargó el tiempo de la comida. Únicamente al masticar se liberaba de la presencia omnipresente de la tensión bucal, pero sabía que no podía comer eternamente. Sin embargo, quizás podría permitirse coger otro trozo de pan, alargar el postre, comer una fruta y luego quizás un yogur. Estaba ya pesadísima y lo sabía, pero al menos la lengua le había dado tregua el tiempo del amuerzo. Decidió amorrarse entonces en el cuarto, echarse una siesta y esperar a que los jugos gástricos hicieran su trabajo. Evidentemente cayó en la trampa de dejarse llevar de un perfil a otro de las redes sociales y se dejó hipnotizar por la cadena infinita de historias. Resultaba bastante apacible ver la productividad de los demás desde las lindes del sueño, las iniciativas, los retos de confinamiento, las bromas sobre el papel higiénico. Los sobrevivientes parecían llevarlo bastante bien. Ahora se diría para contentarse que estaría bien hacer un poco de meditación y subir así un poco la vibración pero el sueño le venció con el auricular haciéndole daño en el orificio de la oreja derecha que se apoyaba contra la almohada. Mientras tanto, el novio seguía tocando el violín en medio del hundimiento, hablando a sus alumnos sin parar sobre progresiones aritméticas del otro lado de la puerta. Cuando terminaba las clases en línea siempre estaba especialmente contento, y solía tener un resorte de motivación extra para hacer deporte en la bicicleta estática con vistas al televisor. Después preparaba la cena, mientras intentaba chincharle o meterle un dedo en el ombligo. Se le notaba henchido de orgullo, feliz por el trabajo cumplido. Cumplido. A ella le fastidiaba el hecho de que lo importante para todos en esos días parecía ser únicamente cumplir. Con los objetivos, con el teletrabajo, con los padres y alumnos, con las cifras, hasta con el aplauso de las ocho de la tarde. Como si a través del cumplimiento esperaran cansar la testarudez de la propagación. ¿Pero con qué o con quién estaban todos cumpliendo realmente ? Se acordó de lo que le contaba esos días su hermana enfermera. Entre ellos eran héroes sí, pero unos más que otros, siempre había alguien que intentaba escurrir el bulto y esto era hasta comprensible considerando la situación. Para ella, el de la hermana formaba parte de los cumplimientos más duros, el de asumir un trabajo con riesgo de la propia vida. ¿O quizás para algunos esta tarea trascendía la propia denominación de trabajo para transformarse en misión? ¿Constituiría para algunos una misión de vida no impuesta ?
Una vida no impuesta. Se despertó entre los vapores de las escenas del último sueño. Había recorrido edificios insalubres donde vivían personas pobres, algunos discapacitados y jóvenes despreocupados haciendo fiestas. Ella sufría, andaba ligera, solo quería ser responsable, ayudar, y al mismo tiempo quedarse en casa, huir de ese edificio sucio laberíntico, de la calle, del contagio. Tras la siesta sintió naúseas, su estómago no había digerido claro, las leyes de la naturaleza no se pueden rebasar, y se aferró a la única tarea que no le parecía insuperable ese día : tirar la basura.
La piel de las piernas se había acostumbrado al tejido suave y caliente de los leggings y el mero hecho de pensar en ponerse el pantalón vaquero le pareció una atrocidad. Eligió unos pantalones de tela y un jersey blanco limpio que tendría que volver a lavar tras haberlo utilizado cinco minutos. Cogió la bolsa negra de orgánico llena a rebosar y la de reciclaje. Los guantes azules de limpieza que ahora hacían oficio de protección le hacían transpirar los dedos y las palmas de las manos, y la bolsa negra comenzó a fisurarse por la parte de arriba.
Antes de entrar en el ascensor inhaló aire de forma prolongada y lo contuvo mientras bajaba al jardín de la comunidad. Sabía que esto era absurdo, pero una vocecita le decía que el espacio del ascensor era insoportablemente pequeño y que, quién sabe, un estornudo podría aún estar flotando ahí. Cuando salió del portal sintió sus senos demasiado sueltos, se dio cuenta de que había olvidado ponerse el sujetador pero no le importó, de todas formas no había nadie fuera. La bolsa negra era extremadamente pesada y se rompía cada vez más. Se sentía rara andando con botas y la fuerza del brazo derecho le fallaba. Tuvo que hacer una pausa y dejar las bolsas en el suelo. Entonces el viento le puso todo el pelo delante de la cara y los pelos finos fueron a pegarse en las comisuras de los labios. Alguien había dejado la tierra removida en el huerto común y un rastrillo sin recoger. Cogió de nuevo impulso para recorrer un segundo trecho con las bolsas antes de que se rompieran. La luz a esa hora estaba lánguida y sus pies parecían volver a sentirse cómodos sobre el asfalto pero no había un alma, ni siquiera en los balcones, y esto le ponía nerviosa sin saberlo. Entonces, de pronto, una cabellera larga y rizada salió y efectuando una marcha sonámbula se fue hacia el extremo izquierdo de uno de los balcones. Fijó la mirada vacía al frente y empezó a aplaudir, primero tímidamente y después con más ahínco La mujer estaba sola, era la primera vez que ella oía aplaudir a sus vecinos e imaginó que debían de ser las ocho. De golpe, numerosas cabezas emergieron de sus madrigueras y se unieron a las primeras palmas. Los bloques de al lado también. Una reacción en cadena se desató en la vecindad cuando ella llegaba casi sin respiración a la basura subterránea, justo antes de que la fisura se hiciera irremediable. Aspiró el aire con alivio – un lujo en aquellos días – y prolongó a conciencia el momento de tirar los reciclables. Un niño saltaba a la cuerda cerca de uno de los portales. Al darse cuenta de su presencia abrió mucho los ojos, paró la cuerda y se agazapó en el portal como un conejillo asustado. Su inocente desconfianza le hizo gracia. Tuvo entonces que desandar los pocos pasos que separaban la zona de basuras del bloque y mientras lo hacía pensó que quizás le daría tiempo de aplaudir a ella también. Se sintió más ligera, su estómago estaba más asentado, empezaba a acostumbrarse al aire de fuera. Las palmas resonaban en su pecho y un escalofrío placentero le recorrió por toda la columna hasta la coronilla. De repente, tuvo ganas de de contarle a su novio la anécdota del sujetador, de seguirle las bromas, de llevarlo de la mano al balcón. Una extraña euforia le ascendió al cerebro. La lengua perdió entonces relevancia, no había manera de conocer ahora su posición tensa entre los dientes y el paladar. Sólo quería formar parte de esa comunión vecinal, quizás le daría tiempo aún, solo tendría que subir las escaleras de dos en dos, entrar en casa sin tocar ningún pomo, quitarse los guantes y la ropa del exterior, lavarse las manos. Aunque en el fondo sabía que, con o sin palmas, sus días estaban ya unidos irremediablemente a los de sus vecinos.

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Día 9 de abril: No sé.

Autora: Emilia Ruiz Martínez, El Escorial, Madrid.

Ignoro hasta dónde llegarán los confines del nuevo mundo, cómo será la vida que nos espera a la vuelta de esta primavera sin esquina que se estrenó a la sombra de un techo, una pared y la severa amenaza de poder estar muerto antes de la primera noche de nuestro último verano.
No sé qué habremos aprendido de todas las horas que andamos exprimiendo en las cuatro esquinitas de la casa, conversando en silencio con nuestra conciencia, defendiendo frente al tribunal de la santa confinación que esto no hay dios que lo resista, que la vida sin aire fresco, sin el perfume de las flores recién nacidas, sin el tierno abrazo del amor que ahora empieza, no es la misma que vino a vernos al comenzar estos años veinte, felices y venturosos, decían cuando los presentaron en sociedad.
No sé si volveremos a ser los mismos seres humanos alienados, consumistas, obcecados en amasar inútiles enseres y florituras, gastados ya, postrados ante el altar del ego y el consumo atroz y absurdo.
Quizá no, quizá ya no volveremos a vender nuestra alma a la vanidad, al escaparate de cristal, con maniquí o sin él detrás. No sé, quién sabe si después de una primavera comprobando que se puede vivir con dos pantalones y tres blusas, unas patatas, unas pocas cebollas, algunas vitaminas frescas y una razonable conexión a internet, aprenderemos que no tiene sentido gastarlo todo sin control antes de que llegue el quince de cada mes.
A lo mejor estos tiempos de retiro y austeridad, de desconcierto, de cierto miedo y mucha locura nos hace ver que no nos hace falta poseer la Tierra, sobra con vivirla suavemente, dejándola ser y fluir, como espectadores temerosos y silenciosos, frenando los motores que la esquilman y nos aniquilan como especie.
No sé. No me angustia pensar en el mundo que será. Sosiego mi respiración y se calma mi mente. No puedo controlar el devenir de un tiempo y un espacio que comparto con miles de millones de seres…
Pero hay algo sí sé, que no quiero pensar que el que viene será el último verano de nuestras vidas. No, no lo será. Porque si hay algo que atino a ver con clarividencia y convicción es que el tiempo que está por venir será para mí el del resurgir, el de la reinvención del alma, el de las nuevas oportunidades para sonreír, para abrazar, besar, amar, sin exigencias, sin egoísmo, sin envidia ni afán de posesión. No sé cuánto tiempo me restará por vivir, pero ese tiempo será un regalo que sabré compartir y disfrutar, sin más límite que el que la muerte nos quiera poner.

 

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Día 9 de abril de 2020: La familia.

Autor: Joaquín Echeverría Alonso.

La familia. Padre. ¿Por qué yo?
¿Por qué… padre? ¿Por qué? Pensó que era firmeza, pero no lo era. Determinación sí, pero no firmeza madura fruto de la reflexión. No comprendió que la falta de carácter me hacía imitarlo, que mi proceder era sólo una conducta infantil.
Llevo escribiéndole veinte años, preguntándole: ¿Por qué? y nunca me contesta a la pregunta, además desde hace cinco años, ya ni me contesta. Antes me hablaba de lo buena que fue madre, de lo que me parezco a ella o de lo bien que le va a la Familia, a los hermanos y demás allegados. Pero y yo ¿Sabe usted cómo me va a mí? ¿Qué es de mí? ¿No le duele mi situación? Antes me preguntaba por mi salud, eso sí, pero nunca por cómo me siento. Ni se preocupa por lo que perdí, cambiando mi juventud universitaria por esta situación de presidiario sin esperanza… Ahora usted ya no me da ni consuelo. Ya no alaba mi valentía y mi resolución, no me escribe, está desaparecido para mí, ya hace cinco años… ¿Hasta cuando?
Es cierto que me mandaba paquetes, dinero para sobornos a carceleros y presos y otras cosas, que no es prudente expresar por escrito. Pero ahora ni una explicación, ni una frase esperanzadora. Tampoco intenta un plan de fuga para mí, como hizo la Familia con otros. ¿Quién lo convenció para que me mantenga aquí encerrado?
Cuando era niño usted siempre me contaba con cualquier excusa aquella anécdota de la ofensa que recibe el padre del Cid, la bofetada que le había propinado el conde Lozano, el asturiano. Él era un viejo incapaz de lavar la ofensa. Va probando a sus hijos ¿Cual servirá para restablecer el honor familiar? De mayor a menor los va descartando. La misma prueba a todos, los muerde en la mano y no responden con firmeza al dolor que les infringe. Hasta que llega a Rodrigo, el menor, que reacciona airado y amenazador: si no fueras mi padre pagarías caro…
Así cesa la desesperación del padre, al encontrar un hijo a la altura de la circunstancia ¿Era un ejercicio de preparación para el futuro? ¿Era acaso, el destino que me tejía? Pero ¿Por qué yo? Acaso no tenia más prestigio entre La Familia mi hermano Xosé, su primogénito, era un gran tirador de pistola ¿No era más fuerte Robustiano o más hábil Cuco? El primo Manuel también vivía con la familia por entonces ¿No era ninguno de ellos más adecuado que yo? O… ¿Era, cómo sospecho, que sencillamente le importaba menos perderme a mí, en vez de a cualquiera de ellos, para los planes posteriores de la familia? ¿Influyó en su ánimo que yo naciera en el pueblo de Madre, cuando ella estuvo alejada de usted por un tiempo? Es cierto que no me parezco a usted pero ¿Acaso no era yo el más fiel y obediente a sus deseos?

En la cárcel se dice que el jefe de La Familia es ahora Cuco ¿Qué fue de Xosé? ¿Por qué no él, si usted se ha retirado? Nadie sabe de Xosé, ni me trae noticias de usted y me preocupa. Bien sé, que de ser Xosé el capo… Xosé lo adora a usted. Pero Cuco… ¿Dónde está Xosé? ¿Qué fue de Robustiano? Ya no se habla de él, desde que no compite y no sale en los noticiarios deportivos.

Nunca le conté en detalle como realicé el encargo… Claro usted se alejó de mí para mantener las formas… Verá, Cuando me llamó a la Universidad y me contó que creía que el tío Jacobo quería eliminarlo, hablé con Cuco ¡Que error! él y yo nos juramentamos, no lo conté hasta ahora y bien lo siento, porque de saberlo usted, le hubiera cortado las alas a ese enredador. Pasé semanas buscando encontrar al tío donde no estuviera protegido, usted bien lo conocía… Cuco me haría labores de cobertura, yo mataría al tío, cuando la ocasión fuera propicia. Él debería velar por nuestra seguridad, coartadas y demás aspectos logísticos… yo no tenía contactos, alejado del ambiente por la Universidad, ya sabe… Pasaron meses y el tío llegó a tenerme cierta confianza. Lo frecuenté tantas veces en ese tiempo sin encontrar el momento propicio, que compartimos muchas tardes de conversación. Yo solapado, le contaba de la Universidad y el mostraba mucho interés. Tenía un interés morboso por las jóvenes universitarias, él, un cocinero de pasta venido a más… Cuco permanecía callado controlando entradas y salidas. Sus hijos se fueron confiando y Suso, el buldog que lo protegía, su sombra en todo momento, aunque intentaba estar atento también se iba descuidando en lo que a nosotros se refiere. El tío Jacobo llegó a hacerse ilusiones, creo yo, de conquistarnos e introducirnos en su organización. Yo le gustaba personalmente, me quería para la prima Gelita, quería un abogado como yerno. Pero él quería usar a Cuco más callado y sin el estigma universitario que él consideraba una tara difícil de superar, para operar en la organización, quería que fuese su brazo ejecutor, su verdugo.

Fue aquella tarde de verano, estoy seguro que la recuerdas. Sólo te cuento esto por ver si después de tu largo silencio consigo que retomes la correspondencia y los envíos. No te sería tan difícil sacarme de aquí, ahora que el primo Manuel es el alcaide. No es por hacerte reproches, pero por Xosé hubieras hecho cualquier cosa.

Te decía que aquella tarde hacía un calor infernal y los primos, Pedriño y Chuso salieron a refrescarse a la fuente que habían instalado y usaban como piscina. Pillé desprevenido a Suso, su matón; ya no valía, era un viejo ¿Recuerdas que rondaba los sesenta? Lo acuchillé en el cuello. Pobre tío Jacobo, quiso reprenderme con dignidad… no me conocía, le hice un ojal en el pecho, le arranque el escapulario y lo escupí para arrancarle su Salvación. Le grité por traidor… por ti… por la Familia. Pobres de mis primos, tuve que hacerlo sólo, Cuco no hizo nada, pero ellos desnudos, sin sus hierros, no me duraron… Recuerdo la fuente, quedó preciosa, toda roja… A los gritos la prima Gelita salió al corredor, recuerdo como lloraba desesperada, como lo hubiera hecho un ángel si aquella primera batalla la hubiera ganado Luzbel pero no, para ella ¡Yo no era Lucifer! ¡Ella me quería! Yo también la llegué a querer. Pero la familia era lo importante. La perdí ese día… mi día de gloria.

Huimos de la casa y nos fuimos a la collada, con los cabreros. Cuco bajó a casa, eso me dijo, a dar noticias. Luego los carabineros… los interrogatorios… ¡Qué raro! Cuco salió indemne… ¿Por qué? ¿Me vendió? ¿Acaso tú…? Yo aguanté y no lo impliqué a usted, tampoco a él, cargue con la culpa, con toda. Cuco en premio se casó en seguida con Gelita, la huérfana, cargó con ella y con su herencia, él no la quería. Luego Cuco no me habló nunca más… Cómo ofendido por la muerte de su suegro.

Y yo ¿Qué recibo? Sus cartas y paquetes de vez en cuando, ahora ni eso… Contésteme Padre, por que me eligió a mí, ¿No se fiaba de Cuco? ¿Quería preservar a Xosé? ¿Era más importante no implicar al atleta de la familia que al universitario y por ello Robustiano estuvo al margen? Le confieso que voy perdiendo la fe en la familia y me desespera que aquí ya sólo me hablen de Cuco. Temo que haya acabado con los demás y hasta que me mande un sicario a buscarme aquí dentro. Pero contésteme, disipe mis temores y dígame ¿Por qué yo?

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Día 10 de abril de 2020: El amor en los tiempos del coronavirus.

Autora: Celia de Frutos Ibáñez.
“Era inevitable, el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”… De los amores difíciles, la belleza de los imposibles cuando esa coyuntura se desconoce aún, los amores a distancia, en diferido, en pausa, en suspenso, los que se quedaron a medio hacer, a punto de estrenarse, por debutar o por perdonarse. Quienes acordaron verse, conocerse al fin. Quienes se prometieron, incluso se juraron. Los pequeños amores cotidianos, de clase, del trabajo, del gimnasio, de bar, basados solo en la gloria de cruzar las miradas, intuirse cerca, compartir un espacio, todo el futuro por delante… Amores postergados haciendo peligrar la primavera, quizá la primera y única primavera negada, y con ella la sangre alterada, el pulso fuerte, las flores, sucumbir al deseo, entregarse con ganas, morirse y renacer en otro, ahogarse de júbilo en un amor de verano a la orilla del mar, el calor de los cuerpos consumirse de placer en la ciudad, todo alrededor desordenado pero a una con algo superior, perfecto el universo, la brisa fresca, una melodía sonando por dentro, luz en la penumbra, el misterio de las almas entregadas… Todos los amores condenados. Los que se interrumpieron quizá arrepentidos extrañándose. Los amores cobardes anhelándose. Los más valientes tratando de vencer el contratiempo, superar la lejanía. Unos y otros manejar la contradicción, presos de incertidumbre aferrándose a la lucidez de adivinar, sufrir y padecer claro el noble sentimiento. Los amores domésticos, un día extraordinarios, conservándose en el recuerdo aquel en las horas bajas cuando aplasta la rutina y el cansancio. Los viejos amantes abocados a mirarse de pronto, con la novedad de un tiempo diferente, sin prisa. En otras circunstancias reencontrarse en casa y de la cama al salón, del salón a la cocina reconocerse por los pasillos, en la mirada, en la sonrisa, en el gesto, antiguos y consabidos, pero y sobre todo en la inquietud de la noche cuando asalta el miedo, en la euforia de una siesta sin reloj, en el vino al aperitivo, una sobremesa larga, la emoción de un libro o tras una buena película, reconocerse sobre todo por las manos, el tacto, la piel, las curvas, los pliegues y las esquinas del cuerpo tantas veces recorridas, los entrantes y salientes, el olor, entre familiar y ajeno, sugerente, en la conversación a besos de un diálogo interrumpido en ocasiones por el ruido afuera. La lejanía, el silencio y la tristeza en otros casos, la decepción incluso de una inercia envenenada, de no hallarse; amores rotos mucho antes, a la deriva, consumidos. Amores en familia que se descubren de nuevo en el juego de los niños, del
pequeño creciendo, la niña haciéndose mayor, los hijos vivos testigos de unas horas acompasadas a un discurrir diferente para el recuerdo, para la memoria del corazón que se escribe en cursiva en trazos inclinados con la voluntad y el esfuerzo de quererse a pesar de los pesares. El amor en tiempos del coronavirus sería injusto muchas veces, ingrato todas con los ancianos, una despedida sorda, un irse en silencio, la muerte callada sin las manos del amante cogiendo las manos amadas, el último suspiro al aire… El amor en los tiempos del coronavirus daría para cuestionarse el amor y sin embargo sería la oportunidad, otra más, de darse cuenta y empezar o continuar por el principio, de dentro a afuera. Comenzar por uno mismo ensayando la ternura, la autocompasión, perdonárnoslo todo, acabar las dudas, los celos, el egoísmo, el orgullo, los viejos rencores, la infantil posesión, el miedo a la soledad y todas las demás pasiones que envilecen el amor y ponernos en presente a querer con la ingenuidad de los niños, el desenfreno adolescente, la experiencia adulta, con la intensidad y la magia de saberse parte, el privilegio de ser refugio, cobijo de otro, la patria, el suelo a los pies de quien se ama. El amor en los tiempos del coronavirus sería una tregua a los amantes furtivos para sucumbir a las dificultades, reconocerse improbables, incapaces y tristemente negarse, autoconvencerse inútiles fuera de la urgencia, la mentira y el deseo inmediato. Nada de cintura para arriba. O por el contrario reforzarse, amarse más y mejor, imponerse bellos a la realidad, escapar del confinamiento y asumirse inevitables y bellos, también de cintura para abajo. Y de la firme convicción inventar un lenguaje de posibilidad donde expresarse sinceros, esperanzados, creyentes los amantes lejos del dolor y la culpa adorarse. Soñar sus almas reencarnarse. Rezarse mutuamente y nacer de este lado, del de la luz y la esperanza. Como de Poesía recién parida a una primavera tardía de potentísima eclosión.
Transformar el olor de las almendras amargas por una brisa de mar como transforma el Amor a quien, bendito, distingue y alumbra.
Abril 20. “Confinados”.
El texto entrecomillado pertenece al inicio de “El amor en los tiempo de cólera” de Gabriel García Márquez.

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Día 11 de abril de 2020: Primera crónica de confinamiento.

Autor: Luis Arzurmendi.

Disponer de un tiempo excepcional, sin límites, ni metas concretas, permite una dedicación difícil de realizar en circunstancias habituales. En este caso reflexionaba sobre la historia de Bilbao y de su ría. Estaba explorando viejas imágenes y cartografías desde donde comprender cómo la reconversión de una ciudad volvió la espalda a sus tradiciones más seculares. Y en esas estaba cuando una novela se me cruza en el camino muy oportunamente y, de manera sugestiva, da respuesta a más de una de mis cavilaciones.

Es la novela de Ramiro Pinilla, “Verdes valles, colinas rojas”, que me tiene atrapado en la historia de un territorio complejo, como Bilbao,  donde el protagonismo  se sitúa en las orillas de su ría.  Ahora mismo, donde estoy en su lectura, un personaje de los “verdes valles”, un verdadero “borono” que ni una sola noche durmió fuera del caserío, se enamora de la belleza de una joven revolucionaria, una “maqueta”, la de las “rojas colinas” allá en las minas, al otro lado de la ría. Y va  tras ella, la acompaña siempre, tozudamente y, así, además de contemplarla a ella, vivirá de cerca la lucha obrera de los mineros. Pero no la entiende: “para qué se juntan tantos, para qué  repiten las mismas cosas gritando todos a la vez, por qué van tan tristes, cuando eso, en el pueblo, lo resolvemos- dice-, con  alegres romerías al son del txistu y el tamboril”. Él vive en el caserío de Getxo, ella  al otro lado de la ría, allí arriba, en las minas, en una txabola de La Arboleda. Un día él la convence para llevarla a la otra orilla, al  verde valle  y, aquel domingo,  en una playa de inmensa soledad, es donde el amor les envuelve como  aquellos  rizos de las olas en la orilla. Ella quedará preñada y él será su fiel acompañante en todas las actividades revolucionarias, aunque seguirá  sin comprender.

Salgo del libro. Y pienso que aquel verde valle de origen euskaldun, Getxo, era donde residían los campesinos aferrados a las viejas tradiciones, como nuestro tozudo campesino y acompañante de la bella revolucionaria.  Aquellos lugares, con el tiempo, fueron ocupados por las mansiones de una oligarquía que se desplazó desde  un ensanche burgués amenazado por las movilizaciones obreras. El nuevo lugar se denominó, entonces,“Neguri”,  aldea  de invierno en euskera,  y fue “cuartel de invierno” de propietarios de minas, astilleros, fundiciones y banqueros.  Desde allí, por encima de la ría, se veían las colinas rojas y sus minas, donde los mineros  vivían  en míseros poblados y, donde hoy, los turistas pueden disfrutar de un «parque temático» y probar alubias del país. También veían sus grandes fábricas y chimeneas de los hornos altos, hoy desmanteladas en la llamada reconversión industrial. Y desde allí arriba los mineros también veían  la gran ciudad y, hacia la mar, al fondo, las playas y Neguri. Unos y otros estaban  a ”tiro de mirada”,  separados por una ría, la de Bilbao, donde se reflejará la historia de esta gran ciudad, dramáticamente segregada por los orígenes, las culturas  y clases sociales de sus habitantes.

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Día 12 de abril de 2020: Diario de un confinamiento.

Autora: Pepa Delgado Acuña.                                        

Son las ocho y cuarto de la mañana. Aún con la resaca de sucesos del día anterior enciendo el móvil y desconecto modo avión, la cascada de noticias vuelve a aparecer. Espero. Once grados en el pueblo. Importante, ventilar la casa. Abro la ventana para que todo lo que contiene la primavera entre en la habitación, porque la primavera sigue su ritmo, hermosa como siempre e indiferente a la angustia que transita estos días entre nosotros. Bastante trabajo tiene ella para renovarse cada año. Me concentro por un momento frente al paisaje. Hoy la niebla no es tan densa, aunque sigue apretando los prados y extendiéndosemás allá del acantilado dejando el mar sin horizonte. El sol se ha hecho un hueco entre la bruma y enciende loshilillos húmedos de las telas de arañas sobre los brezos del jardín.

Vamos a entrar en la cuarta semana de cuarentena. Algo impalpable, perverso pulula por todas partes para encontrar su hueco en el mundo, un hueco que al fin y al cabo se le ha facilitado. Perplejos, nos replegamos huyendo de un pequeño fragmento de ADN envuelto en unas cuantas proteínas capaz de invadir nuestros cuerposcon una locura desmesurada. Un total de un millón ciento dieciocho mil quinientos cuarenta y ocho confinados en el mundo. Solo números, la realidad es otra cosa.

A todo esto voy dando vueltas en mi cabeza hasta que reacciono al canto del chochín llamando a su hembra y la nota oscura del cuervo planeando sobre la copa del roble. De fondo, el parloteo de los animales entre los pastos. Hoy el aire limpio de la mañana vuelve a entrar sin las voces de los vecinos. La carretera sigue muda, hasta el mar parece que se ha quedado sin voz. Un toque de campana llega desde la ermita de Santa Ana. Vuelvo al móvil y pongo en orden las noticias. Novecientos noventa muertos en Madrid en las últimas veinticuatro horas. Los muertos parecen estar lejos y el homicida cerca, aquí mismo, ¿porqué no? sobre la encimera de la cocina donde preparo café, en los zapatos que ayer me puse para pasear al perro, en el pan que me llegará dentro de un rato a la puerta de mi casa y entre las hojas del diario que recojo al otro lado del pueblo. ¿nde ubicar mi cuerpo para que esto no le alcance?

En el quiosco al pie de la carretera hay un hombre comprando tabaco. Importante, poner mascarilla y guantes. Ya en la puerta doy unos pasos hacia atrás y espero a que salga, es un vecino, retrocedo a su paso, puede que el enemigo lo lleve encima.

El aislamiento golpea con dureza a las familias de inmigrantes, El País, domingo siete de abril Linda, una madre nigeriana con contratos eventuales de limpieza, cuenta su día a día de aislamiento con tres hijos y una cama para compartir. Me dice un amigo que el porcentaje de muertos es bajo, ¿Para quién? Cada día siguen muriendo ancianos en asilos, siniestras antesalas de una muerte que les alcanzarán en una soledad inmerecida. La mayoría de los muertos dentro de la población vulnerable. Repiten.

Me lavo las manos por quinta vez en la mañana. Comienzo a trabajar y confino mi teléfono al dormitorio, los mensajes de WhatsApp no dan tregua. Propuestas para pasar el tiempo. ¿Qué tiempo? Aquí me paro y la mirada se me escapa más allá de los cristales de la ventana enredándose en el conflicto diario entre el arrendajo y el pica pino por los cacahuetes del comedero colgado en el laurel. Nuestro tiempo, ¿también se gesta con nosotros? ¿se pare con nosotros? ¿muere con nosotros? ¿Y el tiempo de los otros? Cuando perdemos a un ser querido solo nos queda el recuerdo de sus imágenes en fotografías, en vídeos y, fragmentos de su personalidad en nuestra memoria, que después de su muerte parecen viajar en un tren de alta velocidad alejándolos de nosotros, sin retorno. ¿Y los sentimientos que tuvimos hacía lo amado? Eso que no está hecho de imágenes, que no se ve, que no se toca yno podemos fotografiar… Es el llanto a la perdida de este sentir lo que abruma, lo que lastima cuando sabes que la sombra alargada del tiempo lo acabará devorando también. Las horas de letargo evocan fantasmas.

No tengo a nadie y no sé donde ir, decía estos días atrás un anciano de noventa y dos años, por eso estoy aquí, en IFEMA. Estamos en los peores días de la pandemia. Estadísticas.

La tarde es un transcurrir entre llamadas telefónicas y vídeos llamadas por WhatsApp. Para la mayoría de los amigos este confinamiento es una tregua en lo cotidiano de nuestras vidas. Piensan. Afuera el mundo se ha parado. En las casas con varios miembros de familia, la vida es un bullicio, un continuo movimiento de palabras, de miradas furtivas mariposeando alrededor del otro u otros, cazando detalles olvidados por la aceleración diaria de lo que fue nuestras vidas hace tan solo unas semanas. Ahora estamos en el hogar, interactuamos en el hogar, vivimos en el hogar mientras miramos desde nuestras pequeñas ventanasese mundo exterior del que formamos parte sin entenderlo y al que sin duda volveremos con deseos renovados sin que probablemente cambie nada.

¿Y las personas que viven su aislamiento en soledad?

Vuelvo a la habitación para ojear el móvil, un mensaje del grupo de WhatsApp de los compañeros con los que estuve trabajando en Chíos, el coronavirus ha llegado a la isla, ya está cerca del campo de refugiados.

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Día 16 de abril de 2020: Cuando fui viral.

Autor: Juan Cabezas Aguilar.

No salí de casa por tres meses después de la cesantía. Dichoso, al fin, de olvidar los papeles de la empresa en el fondo de mi mochila y, sobre todo, de alejarme del “peinado” Cisneros. ¿Actualizaste la plantilla?, ¿mandaste ese informe?, me preguntaba mientras garabateaba en una hojita, donde no anotaba nada. Solo le preocupaba la novia que le reveló sus amoríos a su hijo adolescente y éste a su esposa. ¿Sabes qué hizo?, decía tras el escritorio ridículamente estrecho, mi hijo me hackeó el Facebook, ¿y sabes qué más?, hasta le pasó una foto íntima. Esas historias me compartía ese quelonio vertical, sin embargo, recuerdo con frecuencia una de sus frases: todos los escritores son putos. Esa era su forma de animarme a escribir, una vez le conté sobre Roxy y los poemas que le dedico.
Roxy es rubia, usa lentes enormes y en sus labios brilla un lápiz labial, tan rojo, como plumas de cardenal. Me escribió al whatsapp hace tres días:
Papá falleció en Nueva York.
No lo veía desde los 5.
Y nunca más lo haré.
Le mandé un mensaje con un corazoncito. El cuerpo de su padre estaría en una gigantesca morgue de Manhattan. Falleció por el mal cuyo nombre evito escribir, una maldición se esconde en sus cinco letras.
Video llamada. Era Roxy. Me contó que le llegaron los resultados de su prueba, ¿Y?, le dije. Positivo, agregó. Entonces, lo tengo. Hace una semana la invité a casa. Ella imprimió un salvoconducto y lo pegó en el vidrio de su vehículo, no tuvo problemas durante la restricción vehicular.
Roxy es alguien de primeras oportunidades, de saltos al vacío. A su lado, todo es incierto, un día está feliz de verme, al siguiente, es capaz de desaparecer por meses.
Ese día vimos series, luego hicimos el amor. Siento fascinación por el tatuaje de su pierna izquierda, es más pintura que extremidad.
¿Qué hacemos?, le pregunté. Una gran nariz apareció en primer plano. Vamos a un centro para enfermos “leves y moderados”, escuché entre pozos de estática. De acuerdo, dije, aunque no sabía de qué se trataba. Esos hospitales móviles contaban con habitaciones individuales, baño y televisión, además brindaban cuidados médicos y alimentación a quienes padecen del mal.
Llegamos al mismo tiempo, ella en ambulancia, yo en moto. Nos obligaron a dejar la ropa en bolsas especiales y a vestirnos con trajes especiales. Dije “hola”, como el malo de La Guerra de las Galaxias, Roxy intentó tomarme de la mano. Frente al auxiliar, fingí dolor al doblarme. Me dejaron en la sala de espera; ella fue admitida de inmediato, tenía 39 de temperatura.
El centro tenía techos de cristal y puertas numeradas. Roxy acostada en una camilla. Debajo de ese traje de plástico estaba mi “mujer de ahora” con la que comparto hasta la peste. Preguntaron mis datos. Respondí con el número de cédula. Teníamos prohibido el contacto humano. Al final me asignaron el cubículo 13, Roxy está en el 24.
Luego de una hora, el doctor Aguilar, tenía su nombre escrito en el mandil, llegó para una ronda. Me tomó la temperatura por cuarta vez, luego me interrogó sobre los dolores. Me sentía bien y flexioné las piernas. Si es asintomático debería volver a casa, contestó. He sentido dolores, aquí y aquí, le dije, hundiendo mí índice en las costillas. Estará en observación, respondió. Antes de irse, me recordó el procedimiento para las comidas.
¿Qué sentido tiene aislarnos?, le consulté a Roxy por el whatsapp. Me puso una carita feliz. Estaba cansada y quería dormir. Somos casi delincuentes, le comenté, antes de que cayera rendida. Me encanta que estés a mi lado. Soy positivo, recuerda. Quiero verte, insistí. No te preocupes, replicó, un silencio, tengo un buen contacto.
Quería soñar con ella. Me levanté y le escribí. “Nuestro amor es una flor sin pétalos que perfuma la muerte”. Se lo envié a su celular muy tarde en la noche, luego cerré los ojos.
La espera es otro rostro del mal. Los doctores aguardan los primeros síntomas como niños a la Nochebuena. Cuando aparece la temperatura, las dificultades respiratorias y la fatiga, se alivian. “Empieza lo bueno”, los escuché decir frente a un hombre flaco con respirador.
El segundo día lo pasé acostado, mentí sobre los dolores de cuerpo y me recetaron pastillas. Al tercero, me disponía tomar un baño, cuando recibí un mensaje: estoy fuera. Un enfermero abrió y cerró en el acto, luego, Roxy, me explicó que se conocían de la escuela.
Lucía extraña. Se había convertido en el ángel de la “sana distancia”. Comenzó a mirarme, hice lo mismo. Pronto, las miradas, reemplazaron a las palabras que se agolpaban en nuestras bocas. Dialogamos, como lo hacen las nubes con el cielo. El silencio se agolpaba, obediente. Ya a mi lado, la cubrí con el amor de mis manos.
Me pidió que filmáramos un video. La besé como única respuesta. Me coloqué la mascarilla, copiando su gesto: no queríamos que nos reconocieran.
El pestañeo de la luz del celular me despertó en la madrugada, tenía tres mil notificaciones de Instagram y a cada minuto aumentaban. La administración averiguó que se filmó en sus instalaciones y nos expulsaron. Colocaron nuestras pertenencias en la puerta principal sin respetar ningún protocolo. Dejamos los trajes en la acera y subimos a la moto. Ella me pidió que la dejara en su casa. Al día siguiente le escribí y al siguiente también. Ya no le hacía efecto el paracetamol y ardía en fiebre. La convencí de que visitará un hospital, pero no la recibieron. Estaban saturados respondían, seguro nos reconocieron por el video, un guardia hasta quiso tomarnos una foto.
Roxy murió a las tres semanas. Su hermano llegó para los trámites. Recibí algunas llamadas de periodistas, a todos les solicité que era ya un buen momento de evolucionar.
Seis meses después, las rutinas retornaron. Por la radio, sugieren que la población mantenga todavía una sanadistancia. Sana distancia repito con la mirada puesta en un punto del cielo donde habita mi Roxy. Belleza.

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Día 19 de abril de 2020: Calles de la soledad. 

Autor: José Orera de Julian (Quito, Ecuador).

Un momento, Platero, vengo de estar con tu muerte. No he vivido. Nada ha pasado. Estás vivo y yo contigo… vengo solo… paseando hacia tu encuentro en medio de los cuerpos yacentes. Tengo miedo, Platero; tengo miedo de mí mismo cuando el reloj de mi corazón recuerda tu alegría.
¡Con qué alegría apareces en mis recuerdos! Es pasado. Ahora, sin embargo, voy por las calles completamente vacías, llenas de silencio y de soledad, entre sombras de color violeta en este triste anochecer.
Pero tú todavía vives en lo eterno, Platero… como yo ahora aquí que estoy contemplando la muerte de una sociedad por culpa de los virus del vivir sin más pensamientos que la inmediatez… y esa celeridad ha roto la vida.
Yo, Platero, todavía te recuerdo por los caminos de sol y arena. Tú sigues siendo amigo del viejo y del niño, del arroyo y de la mariposa, del sol y del perro, de la flor y de la luna. Y sabes, Platero del silencio, que sigo siendo ese poeta, lunático y bohemio, bajo la pléyade de las plateadas estrellas. Silencio, Platero, silencio. Las calles están llenas de dolor.

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Día 22 de abril de 2020: Lo que el virus se llevó.
Autor: Juan Sota (Madrid, residente en Moscú).

Los primeros cálidos rayos de la primavera se cuelan por entre el enrejado vegetal de mi escondrijo y acarician mi piel. Aguzo el oído, pero la calle sigue en silencio. Cierro los ojos y dejo que el sueño vuelva a tender su dulce sombra sobre mí.

No muy lejos por fin se abre una puerta y oigo pasos rápidos que se aproximan. Una sombra se desliza por la acera y luego desaparece. Al poco, un sonido familiar, como de plástico y vidrio, llega hasta mis oídos. Pasos de vuelta, aún más rápidos que antes.

Me estiro perezosamente y doy unos pasos inseguros por el asfalto. El camino habitual: subo por la tubería del edificio rojo hasta el primer piso. Al pasar me asomo a la ventana. El hombre de siempre duerme a pierna suelta, roncando ligeramente. Nada perturba su sueño: el silencio es tal que se oye la brisa, que susurra entre los árboles del bulevar. En la casa vecina una mujer alta envuelta en un batín con estampados florales pone la cafetera en el fuego y se sienta en una butaca sin notar mi intromisión. En la terraza hay un tendedero con ropa, que evito ágilmente mientras me deslizo al balcón de la casa contigua. Por la ventana entreabierta se oye hablar al hombre que está sentado frente a su ordenador, mientras mordisquea una tostada que miro con codicia.

Con un grácil salto me dejo caer sobre la hierba y me acerco a la caja verde en busca de algo para desayunar. Después de un frugal tentempié decido dar una vuelta. Una ambulancia pasa por la calle desierta. Últimamente he aprendido a identificar el desagradable sonido de su sirena, que mortifica mis oídos varias veces al día. Después se vuelve a hacer el silencio y puedo campar a mis anchas por el barrio. Sin embargo, nada es lo mismo desde que cerraron la pastelería de la esquina. El olor a pan recién hecho y a bollo que desprendía antes todas las mañanas se había convertido en algo parecido a una droga para mí. Además, el panadero solía dejar los restos del pan del día anterior en la trastienda y yo acostumbraba a saborearlos plácidamente acurrucado entre las cajas y los sacos de harina.

De repente se oye un ladrido y por la esquina de la calle aparece un perro acompañado por su amo, un chico en camiseta y vaqueros que escucha ensimismado algo por sus cascos mientras mira distraído el teléfono. Gracias a Dios no es más que un terrier, que agita la cola contento de dar un paseo. Les miro desafiante desde la acera de enfrente, pero ellos no parecen haber notado mi presencia y antes de que pasen de largo solo alcanzo a oír la voz del chico que dice “Vamos, date prisa y volvemos a casa”.

Sigo mi camino en dirección a la Plaza Mayor. Me distraigo espantando a unas palomas en el parque. Al rato me cruzo con una pareja de policías con mascarillas. Debe de ser algo nuevo, porque nunca les había visto así vestidos. Al salir del parque me asomo a la verja del colegio, con la ilusión de ver si los niños juegan al fútbol. Pero no, el colegio parece desierto, incluso han puesto un candado en la puerta.

Ya en la Plaza Mayor el sol brilla con fuerza y me apresuro a acercarme a la fuente. Hoy nadie me impide beber a mis anchas y tumbarme en los soportales de la plaza. Cuando las campanas de la catedral dan las 14:00 prosigo mi paseo. Hace un precioso día primaveral pero no encuentro a nadie en mi camino. Mejor para mí, pienso. Al pasar por los callejones del barrio viejo, la ciudad va tomando vida desde los balcones: ruido de risas y conversaciones, aroma de cocina, revoloteo de niños y música alegre.

No puedo resistir la tentación de encaramarme a la ventana de una casa blanca, llena de flores en las ventanas. Del primer piso salen gritos de niños jugando, mientras una voz de mujer les llama a comer. En ese momento alguien pasa en moto por la calle y no me deja oír a la familia. Lo único que llego a entender es “¡y lavaros las manos bien con jabón”. En la habitación de al lado una chica joven hace ejercicio frente a la ventana al ritmo de música electrónica. Tiene una pinta de lo más extraño balanceándose de un lado a otro con cara de sufrimiento y concentración.

Después de la hora de comer doy vueltas por la plaza a la espera de que salgan los niños como de costumbre. Siempre es divertido observar sus juegos y si me acerco lo suficiente, a veces me dan alguna chuchería. Aunque también es verdad que más de uno me ha tirado alguna piedra, que cerca ha estado de dejarme con seis vidas. Pero el tiempo pasa y nadie sale a la calle. En las casas ahora hay más tranquilidad y por algunas ventanas se ve el reflejo de las pantallas a las que todos miran ensimismados, algunos medio dormidos. ¿Pero qué les pasa? Es como si la ciudad estuviese muerta y la única huella de sus habitantes fueran las luces que brillan aquí y allá y las colillas que caen a veces desde algunas ventanas. Empiezo a impacientarme.

Al rato aparece Tom, un pardo de otro lado del río. – “¿Tú entiendes algo?”, dice a modo de saludo. Niego con la cabeza y le hago hueco en la caja de cartón que se ha convertido en mi improvisado punto de vigilancia las últimas horas. – “¿Crees que es algo serio?”, inquiere de nuevo Tom, mientras se lame la pata. Se hace el silencio. Se oye el murmullo de la fuente y ruido de platos en el piso de arriba. Un autobús vacío pasa por el otro lado de la plaza y ni se detiene en la parada.

– “Si alguien sabe de esto es el viejo Set”. Me he acordado de repente. Set es la máxima autoridad felina en la ciudad. Se cuentan leyendas de sus andanzas y tiene una memoria prodigiosa pese a su ya avanzada edad.

Nos damos prisa en dirigirnos hacia el sureste de la ciudad, pronto será de noche. Por el camino apenas encontramos a nadie. Por fin llegamos. Tenemos que colarnos entre los barrotes, porque la puerta está atrancada. El Retiro está desierto. Los quioscos y cafés cerrados, no hay barcas en el estanque y ni siquiera hay turistas. No somos los únicos gatos aquí. La gradería junto al estanque está llena de gatos de todos los colores y tamaños. Hay cierto revuelo en el ambiente. Todos hablan a la vez sin escuchar al resto. Teorías hay para todos los gustos: que si los humanos se han vuelto locos, que si ha estallado una guerra (algo que ver con China y Italia), que si han adelantado los juegos olímpicos (hace unos años cuando el Mundial también se observó un comportamiento inusual, aunque no fue para tanto). Algunos repiten palabras interceptadas en los balcones o la televisión, eso sí nadie puede explicar su significado: “epidemia”, “pandemia”, “cuarentena”, “teletrabajo”, “estado de alarma” …

Por fin llega el viejo Set. Su forma de andar infunde respeto y autoridad. Tiene un gesto serio y ante su aparición terminan por callar hasta los más charlatanes. Set se encarama ceremoniosamente al pedestal de la estatua ecuestre. Anochece y sin la luz de las farolas todo está en tinieblas. Los ojos de Set brillan como dos zafiros en la noche. Todas las miradas están clavadas en él. A mi lado, Tom mueve nervioso la cola.

– “COVID-19”, dice por fin Set. Hay un murmullo de desconcierto. – “¿Y eso qué quiere decir?”, dicen varias voces a la vez. Cuando por fin se vuelve a hacer el silencio, Set prosigue. – Lo llaman “coronavirus”. Tengo información de varios domésticos infiltrados de que los humanos tienen verdadero miedo a contagiarse de una extraña enfermedad que, según dicen, se transmite con rapidez y podría dejar el país arrasado.

Algo no encaja. Los humanos están siempre hablando de enfermedades, todas con nombres impronunciables e ininteligibles. Incluso tienen tiendas especializadas en cosas (con nombres aún más impronunciables) que, según creen, les ayudan a superarlas. Todo eso lo sabíamos ya. Pero ¿no salir de casa en todo el día? A lo mejor de verdad se han vuelto locos.

Set toma la palabra por tercera vez. – Llegan tiempos difíciles. Conseguir comida va a ser especialmente difícil con los restaurantes y cafés cerrados. Los supermercados han dejado de tirar comida y los restos en la basura son insuficientes para todos. Permaneced unidos. Los que puedan que emigren a las ciudades vecinas. Lo peor está por llegar.

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Día 8 de mayo de 2020: Cuento demente

Autor: Diego Arahuetes.

Llegué de nuevo a la casa. Después de varias horas conduciendo, tenía ganas de encender el fuego y tomarme un té. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que estuve en ese pueblito costero. Era de noche y hacía un frío como de aquellos que ya no se recuerdan. Atravesé el porche y me acerqué a la puertecita de la entrada. La cerradura se había oxidado, después de varios forcejeos con la llave, finalmente empujé el pomo y entré. Estaba todo a oscuras, olía a humedad y madera. A cada paso que daba, sonaba un fuerte chirrido, como si en cualquier momento me fuera a hundir en las arenas movedizas, de un piso poco firme. Empecé a buscar el interruptor de forma torpe, con los brazos estirados para no chocarme, tocando con las manos todo lo que se interponía en mi camino, fui poco a poco golpeándome con aquellos objetos que osaban interponerse en mi ruta. Tras varios tropezones con algunos de los muchos cachivaches que estaban desparramados por el suelo y a punto de caerme, conseguí mantener el equilibrio apoyándome en la pared y, de casualidad, apreté un interruptor. Se encendió una pequeña luz al final de lo que parecía ser un estrecho y sombrío pasillo. Mis pupilas comenzaron a enfocar, acostumbrándose lentamente a la tenuidad amarillenta de aquella pequeña y sucia bombilla. Ni siquiera la penumbra podía evitar la fina capa de polvo, perfectamente visible, que envolvía todo el espacio y sostenía, como si de eso se tratase, la poca iluminación que había. Comencé a mirar por todos los lados, buscando no se muy bien qué. Fijé la mirada en un cuadro que se encontraba colgado en el centro de una sucia pared frente a la que yo me encontraba. No recordaba haber visto nunca ese cuadro, era un tanto extraño, parecía como si no perteneciera a ese lugar. Me acerqué para mirarlo con más detenimiento y ver si me traía algún recuerdo, pero no, estaba totalmente seguro de que nunca antes podía haber estado ahí. Alguien debía haberlo traído. Mis padres me habían dicho que desde la última vez que salimos de esa casa, nadie había vuelto a vivir en ella. En la imagen se podía ver una mancha negra en el centro, una especie de estallido oscuro que había dejado restos del colapso alrededor. Pensé durante un buen rato qué haría ese cuadro ahí. Quién habría entrado para colgarlo en la pared y porqué esa imagen tan siniestra. Estaba totalmente absorto, había olvidado por un momento que estaba de nuevo en aquella casa. Giré hacia el otro lado de la estancia y de nuevo, me puse a buscar bombillas que encender. Había telarañas por todos los lados, unas botellas de vino medio llenas sobre la mesa y un cenicero lleno de colillas. Al lado del vaso, un par de libros y un cuaderno. Cogí este último para ver qué había escrito. Tenía la sensación de que todas esas cosas no eran nuestras, alguien debía haber pasado un tiempo en esa casa, aunque por las condiciones del lugar, hacía tiempo que también se había ido de allí. Comencé a
leer, la caligrafía era poco clara, pero se entendía con un poco de esfuerzo. “Me olvidé de ti, de ellos. Me olvidé” decía una frase al comienzo del cuaderno. Me entró un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo. Qué quería decir aquello, lo cerré y me recosté sobre el respaldo del sofá.
Después de varias horas me desperté. Fui incorporándome poco a poco, había una luz encendida, me sentía desubicado. Me puse en pie y comencé a pasear por el espacio. Mi cuerpo se había quedado entumecido, no entendía nada. Enfoqué la mirada en lo que parecía un cuadro, me acerqué y observé detenidamente el dibujo. No me gustó nada, un simple dibujo de un niño pequeño, una mancha negra grande en el centro y garabatos por todos los lados. Quién habría colgado eso en la pared. Enfadado y confuso a la vez, me senté en el sofá, me serví una copa de vino y encendí un cigarro. Estaba agotado. Cogí mi cuaderno y comencé a escribir…

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Día 13 de mayo de 2020: Rollos.

Autora: Brigitte Szenczi.

Aquella noche me metí en la cama con una pregunta en la mente: ¿Por qué diablos compraría la gente tantos rollos de papel higiénico?

Por lo visto era una pregunta que mucha gente se hacía viendo en la prensa, en la televisión o en el móvil: imágenes de carritos repletos de este codiciado artículo, empujados principalmente por mujeres cuyas cabezas apenas asomaban detrás de los motones de paquetes apilados.

Sin duda, los humanos estábamos viviendo tiempos extraños que podían justificar el afán irresistible y compulsivo de hacer gran acopio de alimentos y mercancías diversas. Como en épocas pasadas, una plaga nueva y desconocida diezmaba la humanidad ensañándose sobre todo en los más viejos. Hacía tiempo que la humanidad había perdido la costumbre de lidiar con plagas y, en esta ocasión, con un virus letal e invisible, precisamente por su condición de virus, que obedecía a la ley matemática del crecimiento exponencial. Parafrasenado la frase de Margueritte Yourcenar, “le temps ce grand sculpteur”, pensé: el virus, este gran escultor.

¿De qué? Del ser humano, que el virus despojaba despiadamente de esas capas que habían ido conformando su existencia. Costumbres, creencias, estilos de vida, saltaban por los aires dejando al descubierto un ser humano frágil y desorientado. Era fácil que, en este marco de desolación e incertidumbre, el pánico generado por la pandemia provocase conductas irracionales como, por ejemplo, comprar sin ton ni son, papel higiénico.

Aquella noche tuve un sueño que os contaré:

Era noche cerrada. El tren donde me encontraba acababa de entrar en la pequeña estación de una ciudad desconocida. Me apeé de él con dificultad por la cantidad de maletas que llevaba conmigo. Pronto se hizo evidente que nadie me esperaba y, sin embargo, había quedado con unos amigos para emprender juntos un viaje. Se hizo también evidente que tendría que encaminarme sola hacia un lugar de destino cuyo nombre había olvidado. No tenía más remedio que echar para adelante, sin mi equipaje y confiando en mi brújula interior, en estado de alerta por la situación en la que me encontraba. Además, confiaba en la buena gente que encontraría en el camino: me echarían una mano. Pero era mucho suponer porque pronto averigüé que no había nadie por doquier. Y, en plena noche, me puse en camino. Recorrí caminos silvestres, valles angostos, ascendí por laderas pedregosas, crucé pueblos sin un alma viviente. No sé cómo logré llegar al final de la noche, pero cuando por fin vislumbré el primer fulgor del alba asomando por el este, supe que lo más duro había pasado.

El día se levantó rápidamente, ahuyentando los últimos flecos de oscuridad. La pequeña ciudad de provincia que se abría a mis pasos, resplandecía bajo un sol cuyo ardor estaba mitigado por el frescor delicioso del aire. Con mucha seguridad (cosas de la brújula) recorrí unas calles hasta que me paré delante de una tienda pintada de blanco. Entré en un espacio donde todo era blanco, menos el pelo azabache que lucían dos mujeres de rasgos asiáticos, vestidas con batas blancas de trabajo. Vinieron a mi encuentro y se ofrecieron a enseñarme la tienda. En un largo y ancho pasillo se alineaban contra las paredes, cubiertas de azulejos blancos, unas pequeñas mesas cuadradas. Cada una con un impoluto mantel blanco. Entre cada mesa podía mediar más o menos un metro y, encima de cada una, se podía ver un rollo de papel higiénico, blanco, entero, metido en un portarollos de porcelana blanca. Era un modelo antiguo, semejante al que tenía en mi cuarto de baño. Si me acuerdo bien, delante de cada mesita había una silla blanca. El dispositivo entero ▬ mesita, rollo de papel, silla ▬ se repetía hasta los confines del pasillo, hasta perderlo de vista. Me quedé perpleja, pero no tuve tiempo de preguntar por el objeto de aquel negocio, porque me desperté…

Tenía que encontrar una respuesta a esta pregunta que se había quedado en mi mente, mientras me ocupaba de los quehaceres rutinarios de la mañana. ¿Qué clase de negocio se hacía en la tienda de mi sueño? ¿Sería el de la vida y la muerte, del principio y el fin, a juzgar por la hechura de un rollo de papel?… Un rollo de papel tiene un principio y un fin. Se enrolla alrededor de un cilindro hueco. Cuando se llega a su hoquedad central, todo el papel se ha gastado y es imposible volver atrás, al contrario de lo que pasa con un pergamino enrollado alrededor de dos cilindros de madera, que permiten ir y venir, con lo que se puede reescribir lo que está escrito en él, mientras que en el rollo de papel higiénico, donde nada está escrito, cuando se ha avanzado en él ya no es posible volver atrás. Pensé, ¿acaso constituye una imagen del paso irremediable del tiempo? El número de veces que hemos tenido que recurrir a él nos acerca a nuestra propia muerte. El pergamino enrollado no tiene centro, al contrario del rollo de papel blanco que sí lo tiene. Este centro hueco se asemeja al centro inmóvil de una rueda, ese punto inmóvil que condiciona su movimiento, como la muerte condiciona el movimiento de la vida.

Un fragmento de Jung que curiosamente había leído recientemente me ayudó a entender el significado de mi sueño, de ese lugar de una blancura clínica, con su oferta de un solo rollo blanco para cada comensal que se sentase a la mesa… ¿la mesa de su vida? ¿La compra compulsiva de rollos de papel higiénico respondía a la angustia de no disponer más que de uno solo, de qué éste se acabase, de llegar al final? Y una vez llegado al final del rollo: el hueco. Nada. Tener más y más rollos, acapararlos, y así empezar de nuevo, una vez y otra, compulsivamente. No quedarse con tan solo el hueco entre las manos. Nada.

Unos pocos días antes del sueño había leído en Jung que no siempre entendemos lo que pensamos, ni lo que decidimos hacer, añado. ¿Cómo cuándo se compran rollos de papel higiénico de una manera compulsiva? Pensamos hacerlo por una razón práctica, para resolver una necesidad material, tenerla asegurada, pero quizá tal impulso obedece a otra cosa. A una imagen primordial, encarnada de manera irrisoria en un objeto tan banal como un rollo de papel higiénico, símbolo del transcurso del tiempo que se nos ha concedido a cada uno de nosotros, con un inicio y, al final, el hueco inexorable. Ante la amenaza de la muerte anunciada por la pandemia, qué angustia “ver” que tan solo tenemos un rollo, y que éste se podía acabar. No, hacía falta tener el mayor número de rollos disponibles. Llenar la despensa de rollos, la casa entera, los pasillos, por todos lados, que no faltasen. Y al que llegase tarde… ¡peor para él!

¿Pero en mi sueño ese pasillo con sus mesas dispuestas hasta perderse de vista? Un pasillo, ¿acaso no es un lugar de paso? ¿De paso entre dónde y dónde? Había llegado allí después de haber bajado del tren, una vez había llegado a la estación que marcaba el final de mi trayecto. Dejé mis numerosas maletas tras de mí y eché a andar por unos lugares en donde no había nadie, sin vida. Atravesé la noche oscura hasta que con las primeras luces de un nuevo día llegué frente aquel negocio. En cada mesa un rollo nuevo, blanco, impoluto, por estrenar, listo para ser usado, al alcance de mi mano, ¿para empezar de nuevo? ¿Una nueva vida? ¿La tienda era un espacio entre dos encarnaciones?

Si era así, mi consciente estaba haciendo una interpretación del lenguaje de mi inconsciente, a primera vista, optimista. Regresar, empezar de nuevo… Pero, pensándolo bien, quizá era más bien pesimista. Pues, quién, en su sano juicio, podría aspirar a esta Tierra donde los Cuatro Jinetes del Apocalipsis habían echado raíces para mucho tiempo.

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