Antonio Saura (Huesca, 1930-Cuenca, 1998), Sin título (h. 1956), Óleo, 33´5x41 cm.

Cuento demente, un relato de Diego Arahuetes para Diario Literario de un Confinamiento.

 

 

 

 

 

 

 

Día 8 de mayo de 2020: Cuento demente

Autor: Diego Arahuetes.

Llegué de nuevo a la casa. Después de varias horas conduciendo, tenía ganas de encender el fuego y tomarme un té. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que estuve en ese pueblito costero. Era de noche y hacía un frío como de aquellos que ya no se recuerdan. Atravesé el porche y me acerqué a la puertecita de la entrada. La cerradura se había oxidado, después de varios forcejeos con la llave, finalmente empujé el pomo y entré. Estaba todo a oscuras, olía a humedad y madera. A cada paso que daba, sonaba un fuerte chirrido, como si en cualquier momento me fuera a hundir en las arenas movedizas, de un piso poco firme. Empecé a buscar el interruptor de forma torpe, con los brazos estirados para no chocarme, tocando con las manos todo lo que se interponía en mi camino, fui poco a poco golpeándome con aquellos objetos que osaban interponerse en mi ruta. Tras varios tropezones con algunos de los muchos cachivaches que estaban desparramados por el suelo y a punto de caerme, conseguí mantener el equilibrio apoyándome en la pared y, de casualidad, apreté un interruptor. Se encendió una pequeña luz al final de lo que parecía ser un estrecho y sombrío pasillo. Mis pupilas comenzaron a enfocar, acostumbrándose lentamente a la tenuidad amarillenta de aquella pequeña y sucia bombilla. Ni siquiera la penumbra podía evitar la fina capa de polvo, perfectamente visible, que envolvía todo el espacio y sostenía, como si de eso se tratase, la poca iluminación que había. Comencé a mirar por todos los lados, buscando no se muy bien qué. Fijé la mirada en un cuadro que se encontraba colgado en el centro de una sucia pared frente a la que yo me encontraba. No recordaba haber visto nunca ese cuadro, era un tanto extraño, parecía como si no perteneciera a ese lugar. Me acerqué para mirarlo con más detenimiento y ver si me traía algún recuerdo, pero no, estaba totalmente seguro de que nunca antes podía haber estado ahí. Alguien debía haberlo traído. Mis padres me habían dicho que desde la última vez que salimos de esa casa, nadie había vuelto a vivir en ella. En la imagen se podía ver una mancha negra en el centro, una especie de estallido oscuro que había dejado restos del colapso alrededor. Pensé durante un buen rato qué haría ese cuadro ahí. Quién habría entrado para colgarlo en la pared y porqué esa imagen tan siniestra. Estaba totalmente absorto, había olvidado por un momento que estaba de nuevo en aquella casa. Giré hacia el otro lado de la estancia y de nuevo, me puse a buscar bombillas que encender. Había telarañas por todos los lados, unas botellas de vino medio llenas sobre la mesa y un cenicero lleno de colillas. Al lado del vaso, un par de libros y un cuaderno. Cogí este último para ver qué había escrito. Tenía la sensación de que todas esas cosas no eran nuestras, alguien debía haber pasado un tiempo en esa casa, aunque por las condiciones del lugar, hacía tiempo que también se había ido de allí. Comencé a leer, la caligrafía era poco clara, pero se entendía con un poco de esfuerzo. “Me olvidé de ti, de ellos. Me olvidé” decía una frase al comienzo del cuaderno. Me entró un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo. Qué quería decir aquello, lo cerré y me recosté sobre el respaldo del sofá.
Después de varias horas me desperté. Fui incorporándome poco a poco, había una luz encendida, me sentía desubicado. Me puse en pie y comencé a pasear por el espacio. Mi cuerpo se había quedado entumecido, no entendía nada. Enfoqué la mirada en lo que parecía un cuadro, me acerqué y observé detenidamente el dibujo. No me gustó nada, un simple dibujo de un niño pequeño, una mancha negra grande en el centro y garabatos por todos los lados. Quién habría colgado eso en la pared. Enfadado y confuso a la vez, me senté en el sofá, me serví una copa de vino y encendí un cigarro. Estaba agotado. Cogí mi cuaderno y comencé a escribir…

Antonio Saura (Huesca, 1930-Cuenca, 1998), Sin título (h. 1956), Óleo, 33´5x41 cm.
Antonio Saura (Huesca, 1930-Cuenca, 1998), Sin título (h. 1956), Óleo, 33´5×41 cm.

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