Rollos, un relato de Brigitte Szenczi para Diario Literario de un Confinamiento

 

 

 

 

 

 

Diario Literario de un Confinamiento: Día 13 de mayo de 2020.

Rollos.

Autora: Brigitte Szenczi.

Aquella noche me metí en la cama con una pregunta en la mente: ¿Por qué diablos compraría la gente tantos rollos de papel higiénico?

Por lo visto era una pregunta que mucha gente se hacía viendo en la prensa, en la televisión o en el móvil: imágenes de carritos repletos de este codiciado artículo, empujados principalmente por mujeres cuyas cabezas apenas asomaban detrás de los motones de paquetes apilados.

Sin duda, los humanos estábamos viviendo tiempos extraños que podían justificar el afán irresistible y compulsivo de hacer gran acopio de alimentos y mercancías diversas. Como en épocas pasadas, una plaga nueva y desconocida diezmaba la humanidad ensañándose sobre todo en los más viejos. Hacía tiempo que la humanidad había perdido la costumbre de lidiar con plagas y, en esta ocasión, con un virus letal e invisible, precisamente por su condición de virus, que obedecía a la ley matemática del crecimiento exponencial. Parafrasenado la frase de Margueritte Yourcenar, “le temps ce grand sculpteur”, pensé: el virus, este gran escultor.

¿De qué? Del ser humano, que el virus despojaba despiadamente de esas capas que habían ido conformando su existencia. Costumbres, creencias, estilos de vida, saltaban por los aires dejando al descubierto un ser humano frágil y desorientado. Era fácil que, en este marco de desolación e incertidumbre, el pánico generado por la pandemia provocase conductas irracionales como, por ejemplo, comprar sin ton ni son, papel higiénico.

Aquella noche tuve un sueño que os contaré:

Era noche cerrada. El tren donde me encontraba acababa de entrar en la pequeña estación de una ciudad desconocida. Me apeé de él con dificultad por la cantidad de maletas que llevaba conmigo. Pronto se hizo evidente que nadie me esperaba y, sin embargo, había quedado con unos amigos para emprender juntos un viaje. Se hizo también evidente que tendría que encaminarme sola hacia un lugar de destino cuyo nombre había olvidado. No tenía más remedio que echar para adelante, sin mi equipaje y confiando en mi brújula interior, en estado de alerta por la situación en la que me encontraba. Además, confiaba en la buena gente que encontraría en el camino: me echarían una mano. Pero era mucho suponer porque pronto averigüé que no había nadie por doquier. Y, en plena noche, me puse en camino. Recorrí caminos silvestres, valles angostos, ascendí por laderas pedregosas, crucé pueblos sin un alma viviente. No sé cómo logré llegar al final de la noche, pero cuando por fin vislumbré el primer fulgor del alba asomando por el este, supe que lo más duro había pasado.

El día se levantó rápidamente, ahuyentando los últimos flecos de oscuridad. La pequeña ciudad de provincia que se abría a mis pasos, resplandecía bajo un sol cuyo ardor estaba mitigado por el frescor delicioso del aire. Con mucha seguridad (cosas de la brújula) recorrí unas calles hasta que me paré delante de una tienda pintada de blanco. Entré en un espacio donde todo era blanco, menos el pelo azabache que lucían dos mujeres de rasgos asiáticos, vestidas con batas blancas de trabajo. Vinieron a mi encuentro y se ofrecieron a enseñarme la tienda. En un largo y ancho pasillo se alineaban contra las paredes, cubiertas de azulejos blancos, unas pequeñas mesas cuadradas. Cada una con un impoluto mantel blanco. Entre cada mesa podía mediar más o menos un metro y, encima de cada una, se podía ver un rollo de papel higiénico, blanco, entero, metido en un portarollos de porcelana blanca. Era un modelo antiguo, semejante al que tenía en mi cuarto de baño. Si me acuerdo bien, delante de cada mesita había una silla blanca. El dispositivo entero ▬ mesita, rollo de papel, silla ▬ se repetía hasta los confines del pasillo, hasta perderlo de vista. Me quedé perpleja, pero no tuve tiempo de preguntar por el objeto de aquel negocio, porque me desperté…

Tenía que encontrar una respuesta a esta pregunta que se había quedado en mi mente, mientras me ocupaba de los quehaceres rutinarios de la mañana. ¿Qué clase de negocio se hacía en la tienda de mi sueño? ¿Sería el de la vida y la muerte, del principio y el fin, a juzgar por la hechura de un rollo de papel?… Un rollo de papel tiene un principio y un fin. Se enrolla alrededor de un cilindro hueco. Cuando se llega a su hoquedad central, todo el papel se ha gastado y es imposible volver atrás, al contrario de lo que pasa con un pergamino enrollado alrededor de dos cilindros de madera, que permiten ir y venir, con lo que se puede reescribir lo que está escrito en él, mientras que en el rollo de papel higiénico, donde nada está escrito, cuando se ha avanzado en él ya no es posible volver atrás. Pensé, ¿acaso constituye una imagen del paso irremediable del tiempo? El número de veces que hemos tenido que recurrir a él nos acerca a nuestra propia muerte. El pergamino enrollado no tiene centro, al contrario del rollo de papel blanco que sí lo tiene. Este centro hueco se asemeja al centro inmóvil de una rueda, ese punto inmóvil que condiciona su movimiento, como la muerte condiciona el movimiento de la vida.

Un fragmento de Jung que curiosamente había leído recientemente me ayudó a entender el significado de mi sueño, de ese lugar de una blancura clínica, con su oferta de un solo rollo blanco para cada comensal que se sentase a la mesa… ¿la mesa de su vida? ¿La compra compulsiva de rollos de papel higiénico respondía a la angustia de no disponer más que de uno solo, de qué éste se acabase, de llegar al final? Y una vez llegado al final del rollo: el hueco. Nada. Tener más y más rollos, acapararlos, y así empezar de nuevo, una vez y otra, compulsivamente. No quedarse con tan solo el hueco entre las manos. Nada.

Unos pocos días antes del sueño había leído en Jung que no siempre entendemos lo que pensamos, ni lo que decidimos hacer, añado. ¿Cómo cuándo se compran rollos de papel higiénico de una manera compulsiva? Pensamos hacerlo por una razón práctica, para resolver una necesidad material, tenerla asegurada, pero quizá tal impulso obedece a otra cosa. A una imagen primordial, encarnada de manera irrisoria en un objeto tan banal como un rollo de papel higiénico, símbolo del transcurso del tiempo que se nos ha concedido a cada uno de nosotros, con un inicio y, al final, el hueco inexorable. Ante la amenaza de la muerte anunciada por la pandemia, qué angustia “ver” que tan solo tenemos un rollo, y que éste se podía acabar. No, hacía falta tener el mayor número de rollos disponibles. Llenar la despensa de rollos, la casa entera, los pasillos, por todos lados, que no faltasen. Y al que llegase tarde… ¡peor para él!

¿Pero en mi sueño ese pasillo con sus mesas dispuestas hasta perderse de vista? Un pasillo, ¿acaso no es un lugar de paso? ¿De paso entre dónde y dónde? Había llegado allí después de haber bajado del tren, una vez había llegado a la estación que marcaba el final de mi trayecto. Dejé mis numerosas maletas tras de mí y eché a andar por unos lugares en donde no había nadie, sin vida. Atravesé la noche oscura hasta que con las primeras luces de un nuevo día llegué frente aquel negocio. En cada mesa un rollo nuevo, blanco, impoluto, por estrenar, listo para ser usado, al alcance de mi mano, ¿para empezar de nuevo? ¿Una nueva vida? ¿La tienda era un espacio entre dos encarnaciones?

Si era así, mi consciente estaba haciendo una interpretación del lenguaje de mi inconsciente, a primera vista, optimista. Regresar, empezar de nuevo… Pero, pensándolo bien, quizá era más bien pesimista. Pues, quién, en su sano juicio, podría aspirar a esta Tierra donde los Cuatro Jinetes del Apocalipsis habían echado raíces para mucho tiempo.

Darío de Regoyos y Valdés. El paso del tren, 1902.
Óleo sobre tabla, 35 x 55 cm
CTB.1995.36
© Colección Carmen Thyssen-Bornemisza

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