Todos los días, un relato de María Escribano para Diario literario de un confinamiento.

 

 

 

 

 

 

 

Diario literario de un confinamiento: Día 18 de mayo de 2020.

Todos los días. 

Autora: María Escribano.

El presente está ansioso de futuro pero grávido de pasado

Gottfried Leibniz

(Cuento gótico)

Todos los días cuando me despierto, contemplo un rato el paisaje desde mi ventana. Lo mismo daría mirarse en el espejo. Las montañas ahora casi completamente calvas, estaban cubiertas de pinos y robles y en el río, poco antes de remansarse para fundirse con la ría, crecían grandes juncales donde se posaban los cormoranes y las garzas. Ahora es una ciénaga llena de muerte, pero este espantajo, esta visión de esqueleto desolado en que ha acabado convirtiéndose todo, a mi sigue sirviéndome todavía para sostener mis recuerdos. Es más de lo que podría dar cualquier otro lugar a alguien que ya solo tiene memoria. Enhebro las agujas de memoria. Tejo de memoria absurdas labores de ganchillo. Acciono de memoria los mandos de la cocina. Bajo las escaleras de memoria esquivando el escalón hundido que mis ojos cansados no me dejan ver bien, pero que si recuerdo. Releo libros que ya he leído. Escucho música que ya he escuchado. Vuelvo a pasar en el vídeo películas que ya he visto mil veces. Voy perdiendo los sentidos y sin embargo conservo la memoria. Esta debe ser una de las formas de envejecer. Cerrar el archivo de las sensaciones y repasarlo una y otra vez.

Desde aquí no se percibe el color pardo de las aguas del rio ni su olor apestoso. En los montes abrasados apenas sobreviven algunos pinos medio secos y los hermosos robles de la ermita hace tiempo que murieron. Les fui viendo enfermar poco a poco espiando impotente sus síntomas como un mal médico. Sobre mi cómoda guardo un puñado de sus bellotas, quizás las últimas, que recogí una tarde. De vez en cuando las contemplo un rato. Observo sus pequeñas capuchasque protegían el milagro de su fruto. No sé que pretendo con ello pues nada guardan ya sus entrañas petrificadas. Debo hacer cada día un ejercicio de memoria para reconstruir este paisaje de cuya belleza hice la medida de mi vida. En una parte elevada del valle todavía sigue en pie la tosca ermita de siglo XVIII con su santo sobre la portada vestido con calzón corto y sombrero de tres picos y con su cementerio alrededor. Un poco más abajo estaban los campos de maíz y de manzanos que salpicaban de alegres motas rojas el final del verano y junto al río, nuestra casa lindando con los jardines del pazo.

Cuando decidí refugiarme aquí, el paisaje de mi niñez y de mi juventud, acababa de suceder la catástrofe y todo el lugar en varios kilómetros a la redonda había sido abandonado. Yo volví tras una vida de huida continua yendo y viniendo por la autopista cada verano desde la ciudad,mientras todos mis frágiles nudos con la vida se fueron desatando poco a poco, como si en realidad estas montañas hubieran sido mi verdadera meta, un territorio de espera desde el que todo pareció posible durante mucho tiempo. Ahora que el tiempo de la esperanza ya ha pasado,pensé que la concreción del mal lo convertía más que nunca en mi lugar. A veces bajo hasta el pueblo cercano, paseo por sus calles desiertas y me siento en el mismo banco del parque donde, cuando tenía catorce años, alguien me explicó lo que significaba poseer algo en potencia. “Tú por ejemplo- me dijo- eres madre en potencia”. Era una profecía elemental que sin embargo me conmovió.

Junto a mi casa, el hermoso pazo con su gran jardín, está abandonado por completo. Ya no sé a quién pertenece. Puedo caminar sin que nadie lo impida a través de los paseos que cubrieron emparrados de glicinias y llegar hasta el embarcadero donde todavía persiste amarrada al pequeño muelle una barca en la que podía llegarse hasta el mar y que ahora es una cáscara llena de grietas, un recuerdo de barca. Puedo visitar las cuadras vacías donde estaban los caballos. Si cierro los ojos, puedo vernos a todos en aquella comida del verano de 1975. Tras los postres, sesteamos bajo los árboles y mientras comenzaban a besarme, alguien que acababa de llegar de Inglaterra, hizo que sonara Pink Floyd, “Bienvenido hijo, bienvenido a la máquina”. Fue un momento de felicidad perfecta.

El otro día descubrí una ventana rota en la parte de atrás y pude colarme por ella y recorrer sus habitaciones vacías. Casi todos los muebles han desaparecido pero se conservan algunos vestigios del pasado. Un hermoso picaporte dorado se aferra tenazmente a una puerta de madera de castaño y en los techos, permanecen algunos fragmentos de escayola, con guirnaldas de frutas y flores. En uno de los dormitorios hay todavía una pesada cama de hierro. Me he sentado en el somier oxidado y crujiente y su ruido ha sonado tan familiar como la voz de un viejo amigo. He pasado un buen rato sentada allí contemplando ensimismada las motas de polvo ir y venir por los paseos de los rayos de sol. “Quienes sois?” les susurré. “¿A quien pertenecisteis cada una de vosotras?” Por un instante pensé que alguien acababa de entrar en el piso de abajo. Casi lo hubiera agradecido, pero ni los saqueadores se molestan en venir por aquí. Hace tiempo que no hay nada que saquear, así que por lo que a esto respecta, estoy a salvo. Ha sido el mal lo que ha preservado este lugar, el mal que entró por las venas del valle como la bilis negra, como una melancolía brutalmente tangible. Por alguna razón que no comprendo, de momento no parece afectarme. Es asombroso que pese a mis múltiples achaques, mi cuerpo insista en seguir vivo.

Poseo un viejo coche. Con él hago cada semana cuarenta kilómetros hasta llegar a lo que llaman la tierra sana para abastecerme de lo que me es imprescindible. Cuando lo ven acercarse, las gentes se inquietan. En la estación de servicio, primera edificación tras este infierno, hay un supermercado donde compro algo parecido a la leche, galletas y bebidas de zumos de frutos con aditivos vitaminados. Menos yo, todos van protegidos con mascarillas, así que me miran con recelo y se mantienen a distancia. La dueña del supermercado es rubia. Debe ser más joven que yo pero es imposible saberlo. Tiene un aspecto semejante al de todas las mujeres que aparecen en la televisión, casi el mismo peinado, casi el mismo cuerpo, casi la misma ropa. Algunos niños se asustan de mi cara surcada de arrugas. Los más pequeños lloran. No han visto nunca a una anciana como yo.

Hace un año, mi hijo se arriesgó a acercarse hasta la gasolinera para que pudiera ver a misnietos. Como siempre, me sorprendió su modo grácil de moverse igual al de su padre. No pudo reprimir un gesto de rechazo cuando contempló mis greñas grises y mis arrugas más profundas cada vez, pero hace tiempo que me ha dejado por imposible y por otra parte mi tozudez en permanecer aquí, le libera de toda obligación. “Tienes buen aspecto, pese a todo. Debes tener una genética asombrosa para sobrevivir en el valle”, me dijo admirado. Tal vez fuera un cumplido porque nada se admira más hoy que una buena genética. El más pequeño me miraba asombrado, “¿Qué le pasa a la abuela? ¿Por qué está tan fea? No dejó de mirarme mientras se alejaba el automóvil. Hice grandes esfuerzos por no dejar de sonreír.

Cuando volví a casa aquella tarde me miré en el espejo. Tampoco a mí me gusta la vejez. El cuerpo se convierte en algo fuera de nuestro control, que parece no tener ya nada que ver con uno mismo. Pero yo me pregunto si quien soy de verdad es la mujer hermosa que muestran las fotografías que aparecen de vez en cuando en algún cajón o si, por el contrario, es esta declinación entrópica mi verdadero rostro. Algunas teorías afirman que la vejez humana es una sutil treta de nuestra especie para que las abuelas colaboren en el cuidado de la prole. Imagino a las mujeres de aquellos años oscuros, rodeadas de niños al sol en la boca de la cueva, buscando desesperadamente hacerse un lugar dentro de la tribu, resistiéndose a morir. Pero yo estoy completamente sola, así que por qué sigo viva, me intriga cada día.

De memoria juego a recomponer mi rostro, como si la juventud fuera un punto de referencia, una edad de oro a la que debe volverse y exploro sus ruinas como una arqueóloga. Las ondas secas que vagamente conservan mis greñas, me sirven para rememorar mi cabello rizado. He tirado de mis mejillas hacia las orejas y los surcos a los lados de la nariz, han disminuido un poco, pero las bolsas hinchadas bajo los ojos permanecen obstinadamente en su lugar. Nadie tiene ya este aspecto. La vejez y la fealdad han terminado contemplándose como una insolencia. Dado el infierno en el que ha llegado a convertirse el mundo, cualquier cosa que lo recuerde, resulta insoportable. Mi rostro viejo, mi cuerpo desvencijado, mi forma de vestir de negro como las antiguas mujeres de la aldea, son para mí una forma de rebeldía. Revuelvo en las fotografía y encuentro una en la que se me ve sonriente, con un vestido azul estampado, sentada en este mismo porche, uno de aquellos veranos felices de hace tantos años.

¿Quién soy en realidad? ¿Qué es lo que permanece en cada uno de nosotros? Cada verano desde que éramos pequeños, nos fotografiábamos en el jardín o en el porche mamá, papá y mis cuatro hermanos. En otras fotografías van apareciendo los cónyuges según fueron llegando y más tarde los niños. Puede seguirse casi de año en año la evolución de toda la tribu hasta el año fatídico de la gran catástrofe. Tras el porche, aparece el telón verde que formaban los castaños que plantó mi padre y que fueron creciendo a lo largo de los años hasta asomar por encima de la casa como gigantes protectores. Ahora están muertos. Tres de sus troncos han quedado desnudos mientras sus ramas iban tronchándose con gran estrépito en las noches de invierno. Cuatro más sobreviven todavía medio calvos extendiendo desesperadamente sus ramas al aire como árboles de Friedrich componiendo una visión más desolada aún. Solo que   lo que hay frente a mi ventana no es un símbolo. Los tiempos de las metáforas se han acabado.

Hace tiempo que he perdido el contacto con el otro mundo. Nada tengo que ver con lo que ha acabado convirtiéndose. Tras millares de muertos, con la gente aterrorizada, el gobierno, noqueado durante un tiempo, ha reorganizado a su gusto todo el país. Territorios acotados que se mantienen oficialmente sanos, al menos visualmente, y territorios malditos por los que nadie sensato se atreve a penetrar. Pero yo pienso que es el horror visual que provoca su fealdad la verdadera causa de su catalogación como tierra insana. Dudo mucho que la tierra sana pueda estarlo realmente aunque así lo parezca, porque la fealdad y la enfermedad se ocultan con verdadero ahínco. Una transfiguración perversa, la cirugía plástica, ha acabado aplicándose a todo, no solo a los cuerpos, con gran perfección. En la cafetería de la gasolinera oigo a veces rumores de enfermedades extrañas, pero nadie parece estar enfermo en apariencia. Solo yo, debo parecerlo ostentosamente. No quiero eliminar esta última metáfora. Soy vieja y además lo parezco. Me pregunto como llegará a morirse esa gente. Como será morir con ese saludable aspecto.

Los de fuera me aseguran que más allá de la Línea, existen territorios intactos llenos de árboles verdes y ríos cristalinos. No lo creo. He vivido lo suficiente para desconfiar. He visto allí a los árboles mantener su mismo tamaño año tras año. He observado como las flores no enfermaban paro tampoco crecían ni se marchitaban. En el cementerio que hay junto a la ermita, se conservan inmutables las lápidas de piedra. Muchas tarde me acerco hasta allí y me paseo entre ellas leyendo sus inscripciones, “Constantino Couso. Tus hijos no te olvidan”,Aquí descansa Gumersindo Capeans, (Sindo de Lousame)”, “Dosinda Castro subió al cielo a los seis años”. Me parecen hermosos poemas, pequeñas puntas de iceberg de historias que me entretengo en imaginar. Hubo un tiempo en que las gentes visitaban a sus muertos porque creían en la vida, porque la vida y la muerte estaban armoniosamente unidos. Las mujeres fregaban con denuedo las losas y las llenaban de flores. Me conmovía entonces aquella actividad completamente inútil y todavía hoy siguen conmoviéndome esos vestigios de poética civilidad. Ahora los restos convertidos rápidamente en polvo se desparraman por cualquier sitio, borrándose su rastro. Se piensa que el ritual de la muerte es algo primitivo y superfluo. ¿Quién perdería hoy el tiempo restregando lápidas y cubriéndolas de flores?

Tampoco a mi me importa ya lo que vaya a ser de mi cuerpo. Supongo que cualquier día olvidaré el escalón hundido y caeré por las escaleras. Puede que enferme definitivamente y no pueda moverme de la cama o tal vez, acabe mis días sentada en la mecedora del porche, contemplando la puesta de sol que milagrosamente sigue aconteciendo cada día y preguntándome cómo es posible que la tierra no se haya cansado de girar. Puede que pase un tiempo antes de que alguien me eche de menos pero aunque así fuera, no sería necesario hacerse cargo de mi cadáver. Esto es ya un cementerio. Todo el valle es oficialmente un cementerio. Todo el mundo es ya un cementerio desde que la muerte ha dejado de tener su lugar propio, un hermoso jardín de mármol, flores y tierra blanda. El lugar de la muerte ha invadido el lugar de la vida, la frontera ha caído aunque todos pretendan ocultarlo, aunque parezca más nítida que nunca. La muerte a la que han intentado arrojar de la vida se ha disfrazado de ella.

Creo que el espejo no devuelve ya solo el reflejo de mi desolación. Mi rostro no es más una metáfora y tampoco lo es el paisaje desde mi ventana. Creo que la bilis negra no ha penetrado solo por el río sino también por las venas del mundo. Toda la naturaleza agoniza y la simple alegría de estar vivo sintiendo el aire de la mañana sobre la piel, debe comprarse ahora en las farmacias. A veces hago un esfuerzo por pensar que todo esto no es más que una creación de mi mente cansada, que consigue que mi rostro, que mi cuerpo se reflejen en el paisaje, que son mis ojos y mi melancolía lo que cubre de desesperanza todo lo que contemplo. Paradójicamente es esta posibilidad lo único que me consuela. El mal tal vez desaparezca cuando mis ojos se cierren y todo volverá a recomponerse de nuevo. Una nueva disposición de las cosas ajena por completo a mí, se está tal vez gestando y espera solo que desaparezca para mostrarse. Tal vez me empeñe inútilmente en ser cómplice de los últimos vestigios de un mundo agonizante. De alguna manera sospecho que el solo hecho de vivir también me ha convertido en su verdugo.

Esta mañana he dado un largo paseo. Me he atrevido a subir hasta el lugar de la montaña desde el que puede divisarse toda la ría e incluso a lo lejos, el mar abierto. Poco antes de que ocurriera, una tarde de finales de agosto de hace ya muchos años, yo había subido a este mismo lugar a la hora en la que los pequeños barcos comenzaban a salir a pescar. La belleza del momento me hizo percibir su fragilidad con toda lucidez. Hoy comprendí que esa fragilidad era la mía y que un nuevo mundo está esperando a que yo muera para vivir de nuevo. Otra mirada, otro sentir se extenderá sin duda por el valle, tal vez la del puro permanecer de las rocas, la del secreto bullir del agua cenagosa, donde todo comienza. Tal vez el impulso de eternidad, la empatía que los humanos sentimos con lo que conocemos, no sea sino un espejismo, que acaba acoplándose a cualquier escenario.

Aunque he considerado también la posibilidad de que esta melancolía, esta tristeza profunda,sean un eco de algo real y que sus gritos resuenen en mí reclamando un último duelo. He regresado a la casa y me he sentado en la mecedora del porche al atardecer como si todavía esperara algo. La hermosa luz del ocaso continúa transfigurando amorosamente las formas de todo el valle, suspendiendo el tiempo por unos instantes y entonces, cuando la recibo, también siento la tentación de entregarme a ella.

Aunque está terminando el otoño, sigue haciendo un calor sofocante. Cada vez es más nítida la percepción de que todo lo que me rodea aguarda con impaciencia mi muerte, la desaparición de mi memoria  para poder imponerse definitivamente, pero también de que hay algo, un dios díscolo que me empuja a sostener esa memoria. Tal vez por eso se sobrevive cuando no se tiene ya nada que hacer, cuando se vive en un tiempo ajeno, y por eso sentarme en el porche a recordar, tiene algo de desafío. Tal vez la memoria sea una resistencia desesperada frente al tiempo, un inútil ajuste de cuentas contra la traición de todo aquello que amamos, una fantasmagoría soberbia, pero desde el lugar donde me encuentro, no se puede hacer otra cosa. Mirar a lo lejos e intentar no olvidar.

Francisco Lloréns, Jardín del pazo (1924), óleo sobre lienzo, 83 x 100 cm. @Francisco Lloréns

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