El mundo entero, un relato de Bienvenido Maquedano Carrasco.

 

 

 

 

 

 

 

Copywrigt de la fotografía: Darco

Día 28 de junio de 2020: El mundo entero.

Autor: Bienvenido Maquedano Carrasco.

El mundo entero, tal y como se conocía en 1708, estaba fragmentado en cinco mil piezas dentro de una caja de cartón que llevaba en casa más de veinte años. He descubierto que tenía muchas cosas pendientes de tener tiempo: la pintura de las ventanas, del mobiliario exterior, de los hierros de las escaleras y barandillas; el expurgo de la biblioteca y de los cajones; los lenguados a la meunière. Como ya no podía viajar más allá de la puerta de casa, era el momento de recrear lo viajado e imaginar lo por viajar.
Un buen amigo tiene la costumbre de entrar en Google maps para descansar de la rutina, escoge un lugar cualquiera, un pueblo inmaculado en los fiordos noruegos, una aldea colombiana que bulle de gente con sombreros paisas, un polígono industrial ruso congelado en gris y óxido, da igual. Con el giro de la rueda del ratón se acerca hasta una calle y deja suelto al muñequito que le sirve de avatar para darse una vuelta por sitios que siempre han estado en el extrarradio de la imaginación de los turistas. Así va conociendo mundo desde el sillón de su oficina, destinos de tercera división regional, llenos de tráfico, tiendas de abarrotes, escuelas y calles decoradas con contenedores de basura o con basura sin contenedores. Sopesé seguir su ejemplo, pero tuve la absurda sensación de que tal vez nuestros muñecos coincidirían en la puerta de un burdel húngaro y no sabrían qué decirse.
Desparramé las piezas por el suelo en montículos diferenciados por colores, bordes y letreros. Esto fue al principio de la cuarentena. Los días se fueron sucediendo y dejaron de llamarse martes o domingo, para identificarse con la costa de Guinea, la línea de puntos de la ruta marítima seguida por Abel Tasman hasta Nueva Holanda, o el desafío de tejer la amplia telaraña de paralelos y meridianos. Un día me descubrí los nudillos cuajados de callos de boxeador, de tanto apoyar los puños en el suelo para no tocar los inestables pedazos de mundo que iba uniendo. Lo que empezó como pasatiempo se transformó en misión, en la tarea que daría sentido al tiempo del encierro, en un canto a la paciencia, en la obra hermosa del confinamiento. Montaría el puzle, con su marco ancho en el que se desarrollan el Génesis y el cuento de Noé, sus dos discos con océanos blancos y continentes iluminados, los cuatro forzudos atlas que lo soportan, los dioses antiguos de túnica y barba apoyados sobre nubes de tormenta, y sus rarezas caprichosas (avestruces, dos perdices, una playa, un brasero del que suben volutas de humo). El viernes casi lo terminé. He perdido una pieza, pero si no se mira con atención parece que el mundo está entero.

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