Le obligué a decirme dónde está el fuego, un relato de Carlos Ruiz.

 

Pablo Serrano, Hombre bóveda, 1963-1964. Museo Pablo Serrano, Zaragoza. Archivo fotográfico del Museo Pablo Serrano

 

Día 27 de junio de 2020: Le obligué a decirme dónde está el fuego

Autor: Carlos Ruiz.

 

El primer día de confinamiento en España a raíz de la crisis del COVID-19 coincidió con el accidente de coche de mi hermano. Concretamente, saliendo de Sevilla de pasar unos días con su amante. Su todavía esposa y su hijo, residentes en Bilbao, se hallaban en ese momento en mi piso, convenientemente ubicado en primera línea de la playa de La Concha, en San Sebastián. Por si las circunstancias en las que nos quedamos atrapados en casa no fuesen lo suficientemente llamativas, mi cuñada Maitane había sido uno de mis eternos, improbables y más intensos amores de juventud. Los problemas no terminaron ahí.
Yuri, que esperaba ansioso su sexto cumpleaños en las próximas semanas, correteaba por la cocina. Maitane y yo nos sentamos en el balcón, mirando el oleaje de marzo. Aun se veía gente correteando por la playa, la magia de Donosti, incluso en el ojo de la pandemia. Mi trabajo de profesor de Estudios Ingleses me hacia las cosas más fáciles para procurarme tal ansiada ubicación. Mi hermano todavía vivía con ellos en un piso mucho menos acogedor en el barrio de Indautxu en Bilbao, lo cual tampoco estaba mal, pero cada vez pasaba más tiempo fuera y no mostraba mucho interés por su familia. Siempre había sido así, en realidad. Como padrino de Yuri, siempre procure estar cerca de ellos y proveer cuando mi hermano no podía o no quería, que era casi siempre.
– Le odio. – Murmuró Maitane. No había dejado de fumar. Creo que era lo único que nunca me había gustado de ella. – Que se pudra allí abajo. No voy a ir a verle.
– Entonces tendré que ir yo. – Dije, con un té en la mano. – Puedo llevar a Yuri. Tendrá que ver a su padre.
– ¿Si? – Rió irónicamente.- ¿En tu inexistente coche, hasta Sevilla, con mi hijo? Buena suerte. – De momento siguen existiendo los trenes. – Respondí. Nos miramos y reímos, con ganas y sin poder evitarlo, como hacíamos de jóvenes. De aquello siempre hace mucho tiempo. Yo conducía poco, tarde, y mal, y desde que vivía en Donosti no tenía coche. No lo necesitaba y era un engorro.
– Carlos. – Dijo. Casi nunca, incluso ahora, me llamaba por mi nombre de pila. – Tu hermano no te aprecia. Piensa que eres un estirado y que te crees mejor que él. No vale la pena que arriesgues tu tiempo y salud por ese imbécil.
– Ese imbécil todavía es tu marido y el padre de la única persona menor de 25 años que me importa en este mundo. – Bebí de la taza para ocultar mi sonrisa. Estábamos rejuveneciendo décadas con esta conversación. No hablábamos con esta confianza desde que fuimos adolescentes tardíos. Sé que ella también lo estaba disfrutando, pese al contexto. Siempre había podido leer sus ojos.
– Quien sabe. – Dijo Maitane. – A lo mejor estamos confinados semanas. Meses. Imagina la crisis que nos viene. Peor que 2008. A lo mejor cuando puedas ir a verle ya no está.
– No digas eso. Yuri…
– Yuri tiene que hacerse a la idea de que va a tener que crecer lejos de su padre. – Continuó, tajante. – No es por el accidente. Ya había tomado esta decisión hace tiempo. No es bueno para él. No hay hombre bueno hoy en día.
– Yuri lo será. – Lo dije en serio. – Quedaos aquí. No podéis volver a Bilbao de todas formas. – Las palabras salieron solas.
Maitane permaneció en silencio, terminando el cigarrillo. Lo dejó caer al aire. Antes de que respondiera, sonreí por dentro. Ya sabía el resultado.
– Maldito Charlie. – Se volvió hacia mí, con los ojos enfurecidos pero con la misma sonrisa de aquel verano de hace trece años. – Como odio que siempre sepas lo que decir.
Nos abrazamos al atardecer. Yuri, en su frenesí de juego, lanzó una pelota de goma contra el cristal. No podía habernos escuchado, pero de alguna forma lo sabía y también estaba contento de quedarse con su tío Charlie.

No me alegré cuando Maitane y mi hermano supieron que iban a engendrar, quizá porque ellos tampoco estaban muy contentos al principio. Mi hermano era un desastre andante y no iba a tener un empleo fijo en su vida, porque era muy inconstante y mala compañía en sí mismo. Maitane era aún demasiado joven y ninguno de ellos podía permitirse criar a un niño, pero poco a poco, entre los tres, salimos adelante. Ellos solventaban a duras penas la parte económica, y yo me ocupé de la educación intelectual de Yuri. Mi mudanza a Donosti acabó con la gran mayoría de mis libros de infancia y juventud transportados en cajas a su modesto hogar bilbaíno, probablemente una de las últimas veces que había cogido un coche. Maitane, por suerte, también valoraba la cultura, pero su nueva vida y sus dificultades le absorbían todo el tiempo. Y mi hermano, que por norma general siempre esperaba a que las series estuviesen dobladas al castellano para verlas, no había tocado un libro desde 1997. No tuvieron que pedírmelo. Yo siempre tuve claro que no engendraría descendencia y me atraía la idea de ser útil para alguien, de forma desinteresada, por una vez, sólo para ver lo que se sentía. Y, cuando Yuri abrió su primer cuento de Disney, lo supe y no me defraudó.
Mientras mi hermano seguía con sus fechorías por Bilbao, yo me aficioné al largo trayecto en Euskotren desde Donosti para ver a Yuri y, de paso, a Maitane, que a pesar de todo seguía siendo mi amiga. Entre los dos, el niño aprendió a leer antes de cumplir tres años, lo cual nos dio tremenda alegría y nos unió de nuevo. El libro que, podría decirse, fue el primero que leyó entero también había sido el mío, allá por 1990, un pequeño cuento con ilustraciones cuya portada mostraba a Mickey, Donald y Goofy en un bosque al anochecer. De entre los arbustos, un monstruo con la cara verde y los rasgos afilados mostrando una horrible sonrisa maligna, envuelto en una luz amarilla, emergía para asustar al grupo. Había sido mi primer sobresalto, el nacimiento de la consciencia del miedo, y por, desgracia, tuvo un efecto muy negativo en Yuri. Las pesadillas y los terrores nocturnos hicieron su aparición y ya no hubo más noches tranquilas en Bilbao. La oscuridad y mal estado del piso tampoco ayudaba. El niño lo pasó mal bastante tiempo y mi hermano, que no era ya de por sí el mejor hombre de familia, empezó a buscar fuera de casa lo que le hacía feliz. Una vez tuve que ir a la comisaría a por él, dar mil excusas, conducir hasta Kobetamendi y allí darnos de puñetazos. No me siento orgulloso de aquello, mucho menos del hecho de que, aun en su lamentable estado, fuese capaz de golpearme certeramente en la cara, dejando evidencia de lo acontecido. Maitane no dijo nada sobre aquello. Creo que con gusto nos habría dado lo nuestro. Esto es, si hubiera podido dormir tranquilamente más de una noche en aquella época.
Todo mejoró hace poco, cuando Yuri cumplió cinco años. Comprendió, gracias a nuestras pacientes explicaciones y la inteligencia que comenzaba a mostrar, que aquellos monstruos no eran reales, que pertenecían al mágico mundo de los sueños y la literatura, que eran lo mismo. Se sucedieron los libros, ya gastados por mi infancia y la suya, en la que los buenos, jóvenes y nobles héroes arquetípicos, vencían a los malos, que siempre usaban ardides para inspirar terror en ellos. Aquellos cuentos de Disney dieron paso a «Los Cinco frente a la aventura», «Los tres investigadores de Alfred Hitchcock», «El fantasma del bosque», «El pintor de pesadillas», «Tom Sawyer detective», «La senda secreta», «Pasado mortal», y muchos, decenas de cuentos y libros de ilustraciones que ayudaron a construir su mundo. Las pesadillas persistieron, un tiempo, hasta que logramos hacerle entender cómo funcionaban las parálisis nocturnas, que eran algo transitorio y que podía vencerlas si se relajaba. Doy gracias por no haber sufrido nunca una parálisis del sueño. Mi imaginación ya es demasiado portentosa y retorcida como para quedarme inmóvil en la cama mientras el hombre del saco se mueve en la penumbra, mirándome fijamente con ojos de fuego. Me convertí en un tío ejemplar, Yuri salió adelante y pudo tener algo de felicidad, mientras que, para mí, su crecimiento y poder pasar algo de tiempo con Maitane me llenaba más que mi bien remunerado trabajo en la Universidad Pública Vasca y mis textos de reciente publicación.
Dos semanas de confinamiento dieron paso a dos más. En este tiempo, la tasa de muertos en toda España crecía de manera descarnada. Miles de puestos de empleo se perdieron, entre ellos el de Maitane, que ya era bastante precario de por sí. Recibimos noticias de Sevilla. Mi hermano se encontraba estable, con vistas a una larga y dolorosa rehabilitación, pero fuera de peligro. No tenía otro remedio que quedarse en el sur una larga temporada, pero aquella era la menor de nuestras preocupaciones. Salíamos poco a la calle durante el estado de excepción, hacíamos la compra básica en la tienda y, por lo demás, el balcón era nuestra nueva residencia para tomar el aire, eso sí, con las mejores vistas del mundo. Serpenteando con la mirada, caminando por la playa, pasando el Ayuntamiento y el puerto deportivo, dejando atrás el Aquarium, nuestros ojos ascienden la cuesta del monte Urgull, y se sientan a descansar a la sombra en uno de los repechos, la cima queda lejos y es el primero de Agosto de 2007. Maitane y yo hemos quedado por primera vez, ella está saliendo con alguien en Irún y yo estoy saliendo con Marta, pero me ha dejado esa misma tarde porque me ha visto paseando con Maitane. Muchos años más tarde tendrá una hija a la que llamarán Charlie, ignoro la razón, pero nada de esto ha pasado ahora, lo único que ha pasado es que Maitane se ha quitado la camiseta y nos estamos besando con el mar de fondo. Ninguno hemos cumplido veinte años, a ella le faltan más que a mí, pero es la mejor tarde de mi vida. Esa noche en Sagües estaré en primera fila viendo a Barricada antes de separarse y pensare que me espera un verano interminable junto a ella. pero pocos días más tarde las cosas se tuercen y nos quedamos forzados a ser amigos. Cuando creo que voy a decidirme a dar el paso, mi hermano aparece en escena. No puedo hacer nada. Carece de los principios a los que soy fiel y tiene todo lo demás que yo no. Así han sido las cosas estos trece años. De vuelta al presente, Maitane y Yuri llevan cuatro semanas en mi casa. Y yo tengo que esconderme en mi habitación a altas horas de la noche para que no me escuchen reír y llorar de felicidad y algo más. Cuando saco la cabeza de entre las sábanas., escucho los gritos y lágrimas de Yuri. En el cuarto de juegos, algo lo ha asustado.
Maitane habla con Yuri en euskera, lo consuela pero también, severamente, le hace entender que no hay nada en el cuarto de juegos que pueda haberlo asustado.
– Pero, Ama, lo he visto. – Susurra el niño, temblando. – Estaba allí de pie, todo vestido de negro y con fuego en los ojos. – Y señala en dirección al armario donde guardo mis viejos juguetes que destroza sin miramientos en sus juegos tontos.
– Lasai, Yuri. – Su madre lo acuna entre sus brazos. – Ez dago ezer. No hay nada. Vamos a ir al armario y lo vas a ver con tus propios ojos.
El resto de la tarde se hace muy largo hasta que el niño se calma, pero mantiene su versión de los hechos. Si hay una figura negra embozada con ojos de fuego en mi casa, me va a dar material para muchas historias, desde luego.
– Tus malditos cuentos. – Maitane me mira fijamente. No está enfadada pero le encanta fingirlo. – Eso es lo que le ha traumatizado. Ahora tengo que dormir con él.
– Qué suerte tiene el niño. – Murmuro, contrariado, tratando de terminar mis tareas en el ordenador. El teletrabajo es maravilloso.
– Cállate. Eres imbécil. Si pudiera me iba a Bilbao con él, lejos de tu piso siniestro de escritor frustrado.
– Sigue, que me gusta. – Escribo el punto final, lo envío y ya he terminado de trabajar por hoy. He decidido que esta semana mis alumnos lean a T.S. Eliot, pero no su famoso poema «La Tierra Baldía», sino «La canción de amor de San Sebastián». Enseñar literatura inglesa me capacita para decirle a la gente lo que tiene que leer. Me giro en la silla para mirarla. A pesar de casi haber entrado en los treinta, luce igual que aquella tarde en Urgull. Se sabe poseedora de la eterna juventud y disfruta de ello. Sabe que no es la única.
– ¿Es que no hay alcohol en este piso del demonio? – Alza el vaso vacío y yo voy raudo al mueblebar. Preparo unas copas y pincho un vinilo de Scorpions. El riff de «Pictured life», una de las mejores canciones de rock de la historia, se lleva por delante su enfado, mi frustración, a mi hermano, se abren las puertas del balcón y el viento danza ante nosotros, se divisa el monte brillar ominoso y recuerdo que nunca llegamos a subir juntos a la cima, y será lo primero que hagamos cuando se levante el confinamiento. Ahora sólo podemos bailar.
Le alcanzo el vaso que he preparado. Cuando se acerca para cogerlo, le susurro un «Maite zaitut» que me sale de las entrañas. De alguna forma, he visto una luz verde y yo, como Gatsby, creo «en la luz verde, el orgiástico futuro que año tras año va retrocediendo ante nosotros…»
Esa noche, Maitane duerme plácidamente en mi habitación, el vaso vacío descansando a su lado en la mesilla. Dormirá hasta el amanecer. Me he ocupado de eso. Levantándome de la cama, dirijo mis pasos al armario. Aparto la ropa y, sonriendo, noto crujir el maquillaje en mi rostro. La pintura negra se cuartea y debo dejar de sonreír, pero es muy difícil. Sigo sonriendo mientras manipulo el doble fondo y me pongo el sombrero y la capa, embozándome de negro para emerger al otro lado, en el cuarto de juegos donde duerme Yuri en su camita infantil. Grazno, la voz ronca de aguantarme la risa, gruñidos para despertarlo. Aún no he conseguido reflejar el fuego en los ojos, debo decir. No sé de donde se lo ha sacado ese niño, pero bastante tengo con mantener la cara negra en un rictus de odio toda la noche. Yuri, ya despierto, yace inmóvil, mirándome fijamente. La parálisis, o lo que le hemos dicho que es una parálisis del sueño, lo mantiene así. Ni siquiera puede gritar. Oh, no lo hago todas las noches. Solo cuando no hay luna. Si quiero mantener a mi familia unida, lejos de las garras de mi hermano, uno tiene que hacer ciertos sacrificios y tomar decisiones a veces desagradables. Yo también lo pasé mal a su edad por culpa de aquellos libros y he salido bien. La literatura es lo único que importa ya, el resto es accesorio en este mundo. Tras unos instantes así, murmuro que me voy a llevar su alma como se atrevan a irse de esta casa. Los perseguiré allá donde vayan, hasta los confines del infierno. Me desvanezco, caminando hacia atrás, en la oscuridad, a través del armario y vuelta a mi habitación. Me deshago del disfraz y me limpio el maquillaje en el lavabo, ya sin miedo a reír a carcajadas. Maitane, por supuesto, no ha escuchado nada.
Hoy se acaba el confinamiento, en principio, pero estamos a la espera de que se decreten nuevas medidas. Maitane se sienta en el sofá junto a mí y apoya todo su cuerpo contra el mío, la rodeo con un brazo y le acaricio el pelo. Casi puedo sentir el atardecer de aquel lejano día en Urgull. Creo que esta noche vamos a volver a besarnos por fin. Mi hermano está en una silla de ruedas en Sevilla y su amante no quiere saber nada de él. Le he dicho que no se preocupe, que estoy cuidando de su familia y que iré a por él en cuanto nos dejen salir de casa. Mañana Yuri cumple seis años. Tengo un viejo lote de libros que le encantarán, y vamos a hacer tortilla de patatas y tarta de chocolate. La luna llena no tardará en asomar por el balcón. La vida es perfecta. Gritos y escándalos surgen del cuarto de juegos y nos levantamos corriendo. Yuri aparece ante nosotros, en pijama, pero sin lágrimas. Luce una madurez inquietante para su corta edad. Lo más aterrador es lo que trae arrastrando de la mano.
– Ikusi, Ama, te lo dije. – El niño señala una pequeña figura negra, temblorosa, con sombrero y capa arrugados. Es una especie de mono disfrazado, sólo que no es un mono.

– ¿Qué es eso? – Grita Maitane. – ¿Carlos, qué es eso que tiene en la mano? – Creo que nunca la he visto tan asustada.
– Le obligué a decirme dónde está el fuego. – Dice Yuri, sin una pizca de temblor en la voz. – No ha querido decírmelo, pero ya no lo tiene en los ojos. Le obligué a decirme dónde está el fuego. Le obligué…. – Y aquí entra en trance, repitiendo esa frase una y otra vez hasta que su madre corre hasta él y lo abraza, alejándolo de ese engendro embozado que se agita patéticamente en el suelo. Lo levanto. No es un mono. No es un hombre. Es otra cosa intermedia. No es real. Es tangible, pero no puede ser real. No es de este mundo. Es un producto de pesadilla, un eslabón perdido en la evolución, algo que solo debería existir en los libros y en los mundos oníricos de nuestra imaginación donde no hay reglas y todo es posible. Un esqueje de los Grandes Antiguos, un espíritu de Poe, un habitante del umbral de la noche. Eso, y no otra cosa, es lo único plausible. Estoy temblando, paralizado, mientras Yuri dice. – Vive en el armario. Pero le he vencido. Dijo que venía a llevarse mi alma y que no nos marchásemos nunca de esta casa. Pero he superado mis miedos, Ama. Le he obligado a decirme dónde está el fuego…-
Maitane, que no cree en estas cosas, corre hacia el armario. Sé lo que va a suceder. Va a descubrir el doble fondo, con mis disfraces y mis pinturas. No importa. No puedo moverme. En unos segundos su grito va a lanzarme por el balcón. Yo solo quería mantener a mi familia unida y protegerlos. Sólo eso. Yuri, en las puertas de los seis años, ha logrado dominar un sentido que yo nunca he alcanzado. Ver más allá de los libros, mucho más allá del mundo real, caminar por la noche negra de la oculta, fantástica tierra de los sueños y hablar el lenguaje secreto. Se mueve por ambos planos, ha descubierto el sendero del fuego. Será un gran escritor de horror, el mejor que ha habido nunca, y me siento orgulloso. Yo nunca he alcanzado ese nivel y me he pasado toda la vida luchando por ello. El grito de furia de Maitane me traspasa el corazón y el alma y apaga la luz del monte Urgull mientras, en la televisión, se acaban de decretar dos semanas más de confinamiento.

 

¡Anímense a participar! Más información sobre el proyecto aquí: Diario literario

¿Quiénes somos? Equipo del Diario Literario de un confinamiento

¡Síganos por las redes sociales y participe en nuestros retos diarios! YoutubeFacebook, Twitter, Instagram

Para continuar leyendo más… ¡Relatos!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *