Diario de un confinamiento, un relato de Pepa Delgado Acuña

 

 

 

 

 

 

 

Día 12 de abril de 2020: Diario de un confinamiento.

Autora: Pepa Delgado Acuña.                                        

Son las ocho y cuarto de la mañana. Aún con la resaca de sucesos del día anterior enciendo el móvil y desconecto modo avión, la cascada de noticias vuelve a aparecer. Espero. Once grados en el pueblo. Importante, ventilar la casa. Abro la ventana para que todo lo que contiene la primavera entre en la habitación, porque la primavera sigue su ritmo, hermosacomo siempre e indiferente a la angustia que transita estos días entre nosotros. Bastante trabajo tiene ella para renovarse cada año. Me concentro por un momento frente al paisaje. Hoy la niebla no es tan densa, aunque sigue apretando los prados y extendiéndosemás allá del acantilado dejando el mar sin horizonte. El sol se ha hecho un hueco entre la bruma yenciende loshilillos húmedos de las telas de arañas sobre los brezos del jardín.

Vamos a entrar en la cuarta semana de cuarentena. Algo impalpable, perverso pulula por todas partes para encontrar su hueco en el mundo, un hueco que al fin y al cabo se le ha facilitado. Perplejos, nos replegamos huyendo de un pequeño fragmento de ADN envuelto en unas cuantas proteínas capaz de invadir nuestros cuerposcon una locura desmesurada. Un total de un millón ciento dieciocho mil quinientos cuarenta y ocho confinados en el mundo. Solo números, la realidad es otra cosa.

A todo esto voy dando vueltas en mi cabeza hasta que reacciono al canto del chochín llamando a su hembra y la nota oscura del cuervo planeando sobre la copa del roble. De fondo, el parloteo de los animales entre los pastos. Hoy el aire limpio de la mañana vuelve a entrar sin las voces de los vecinos. La carretera sigue muda, hasta el mar parece que se ha quedado sin voz. Un toque de campana llega desde la ermita de Santa Ana. Vuelvo al móvil y pongo en orden las noticias. Novecientos noventa muertos en Madrid en las últimas veinticuatro horas. Los muertos parecen estar lejos y el homicida cerca, aquí mismo, ¿porqué no? sobre la encimera de la cocina donde preparo café, en los zapatos que ayer me puse para pasear al perro, en el pan que me llegará dentro de un rato a la puerta de mi casa y entre las hojas del diario que recojo al otro lado del pueblo. ¿nde ubicar mi cuerpo para que esto no le alcance?

En el quiosco al pie de la carretera hay un hombre comprando tabaco. Importante, poner mascarilla y guantes. Ya en la puerta doy unos pasos hacia atrás y espero a que salga, es un vecino, retrocedo a su paso, puede que el enemigo lo lleve encima.

El aislamiento golpea con dureza a las familias de inmigrantes, El País, domingo siete de abril Linda, una madre nigeriana con contratos eventuales de limpieza, cuenta su día a día de aislamiento con tres hijos y una cama para compartir. Me dice un amigo que el porcentaje de muertos es bajo, ¿Para quién? Cada día siguen muriendo ancianos en asilos, siniestras antesalas de una muerte que les alcanzarán en una soledad inmerecida. La mayoría de los muertos dentro de la población vulnerable. Repiten.

Me lavo las manos por quinta vez en la mañana. Comienzo a trabajar y confino mi teléfono al dormitorio, los mensajes de WhatsApp no dan tregua. Propuestas para pasar el tiempo. ¿Qué tiempo? Aquí me paro y la mirada se me escapa más allá de los cristales de la ventana enredándose en el conflicto diario entre el arrendajo y el pica pino por los cacahuetes del comedero colgado en el laurel. Nuestro tiempo, ¿también se gesta con nosotros? ¿se pare con nosotros? ¿muere con nosotros? ¿Y el tiempo de los otros? Cuando perdemos a un ser querido solo nos queda el recuerdo de sus imágenes en fotografías, en vídeos y, fragmentos de su personalidad en nuestra memoria, que después de su muerte parecen viajar en un tren de alta velocidad alejándolos de nosotros, sin retorno. ¿Y los sentimientos que tuvimos hacía lo amado? Eso que no está hecho de imágenes, que no se ve, que no se tocano podemos fotografiar… Es el llanto a la perdida de este sentir lo que abruma, lo que lastima cuando sabes que la sombra alargada del tiempo lo acabará devorando también. Las horas de letargo evocan fantasmas.

No tengo a nadie y no sé donde ir, decía estos días atrás un anciano de noventa y dos años, por eso estoy aquí, en IFEMA. Estamos en los peores días de la pandemia. Estadísticas.

La tarde es un transcurrir entre llamadas telefónicas y vídeos llamadas por WhatsApp. Para la mayoría de los amigos este confinamiento es una tregua en lo cotidiano de nuestrasvidas. Piensan. Afuera el mundo se ha parado. En las casas con varios miembros de familia, la vida es un bullicio, un continuo movimiento de palabras, de miradas furtivas mariposeando alrededor del otro u otros, cazando detalles olvidados por la aceleración diaria de lo que fue nuestras vidas hace tan solo unas semanas. Ahora estamos en el hogar, interactuamos en el hogar, vivimos en el hogar mientras miramos desde nuestras pequeñas ventanasese mundo exterior del que formamos parte sin entenderlo y al que sin duda volveremos con deseos renovados sin que probablemente cambie nada.

¿Y las personas que viven su aislamiento en soledad?

Vuelvo a la habitación para ojear el móvil, un mensaje del grupo de WhatsApp de los compañeros con los que estuve trabajando en Chíos, el coronavirus ha llegado a la isla, ya está cerca del campo de refugiados.

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