Helados y Coronavirus, un relato de Hector Perdomo Velazquez.

 

 

 

 

 

 

 

Día 2 de abril de 2020: Helados y Coronavirus

Autor: Hector Perdomo Velazquez.

Son las tres de la tarde y el sol entra caliente por mi ventana. Afuera, el viento juega con las hojas de los árboles y una parvada de loros gritonea entre las flores anaranjadas de un tulipán africano. Es el día 29 de la cuarentena de la era del coronavirus COVID-19 del siglo XXI. También es un viernes de fin de mes, pero podría ser un lunes o un miércoles, da igual. He perdido el sentido del tiempo, los relojes están aburridos esperando administrar las actividades de mi día, con horas, minutos y segundos.
A la distancia en el silencio de la calle se escucha la peculiar campanilla del señor de los helados. El ministro de salud aparece molesto todos los días en la televisión, para rogar a la población que se quede en casa para evitar el contagio. No hay peatones y rara vez pasa un auto por la calle, 5 millones de personas observan al ministro dentro de sus casas. La campanilla vuelve a romper el silencio ahora más cerca.
Tengo casi un mes durmiendo 10 horas, preparando café con 3 cucharaditas, leyendo noticias en los mismos 4 periódicos y compartiendo casa con los mismos 2 gatos. Abrir los ojos, desayunar, leer las noticias, bañarme, preparar el almuerzo, ver alguna serie policíaca y cerrar los ojos otra vez. Cada día a la misma hora, el paisaje sonoro se altera al escucharse la campanilla del señor de los helados.
Los he visto por toda la ciudad, no sé de dónde vengan ni a dónde vayan. Me pregunto si siguen la misma ruta o caminan libres hacia donde creen que la gente necesita un helado. Siempre es un señor tras un carrito colorido de alguna empresa local de helados. Me imagino la humilde casa del señor, con un gran congelador lleno de cientos de helados y paletas que tiene que vender durante la semana. ¿Cuántas horas puede durar un helado en aquel carrito que sube la cuesta a 30 grados centígrados?
La bruja no está, el gato negro que habita mi casa sube a mi cama para enroscarse y dormir, quizás por la noche saldrá a hacer hechizos y atravesarse en el camino de alguna persona para causarle mala suerte. Un dinosaurio de plástico me observa entre plantas desde mi balcón, el Parasaurolophus producía sonidos por el viento que soplaba por su peculiar cráneo, mi dinosaurio de juguete produce un irrisorio sonido con un diminuto aparato bajo su panza. Es un sonriente dinosaurio construido con plástico, producido por restos fósiles de feroces dinosaurios de carne y hueso, – vaya ironía.
Miro el mapamundi entre círculos rojos. 586,140 infectados confirmados y 26,943 personas fallecidas. Al escribir este siguiente renglón una anciana italiana que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial ha perdido la batalla contra un organismo de 400 micras. La curva lineal se vuelve exponencial, hoy Estados Unidos tiene más infectados que China, el país de origen del contagio. Nadie podrá despedir a la anciana que será cremada con otros 919 muertos, que por cierto no volverán a comer gelatos. ¿Se han preguntado de qué sabor será el último helado que coman en su vida?
Mi barrio se ubica sobre la ladera de una montaña, las sinuosas calles suben y bajan, giran y dan vuelta una y otra vez sobre ríos, puentes y contadas planicies. Este abominable hombre de las nieves empuja su carrito por pendientes pronunciadas, el mismo número de veces también tiene jalar el peso para que el pequeño vehículo no se vaya corriendo a toda velocidad cuesta abajo. Si yo fuera aquel hombre, al final de cada pendiente me comería un sándwich de chocolate helado. Vaya fuerza de voluntad cargar con tan helada carga, caminando bajo los rayos calientes del sol.
Dicen que actualmente un virus puede transportarse por el mundo en menos de 36 horas. Comentan que tardarán al menos un año en probar las vacunas y repartirlas a toda la población del planeta. Según la receta de mi abuelo, hay que girar el bote con la mezcla en el hielo durante 2 horas, para hacer un buen helado. Y según un reportaje de Antena 3, una bola de helado tarda 5 minutos en derretirse bajo 32°C de calor. Estoy seguro de que un helado de pistache dura menos tiempo en mi boca.
Cuando era niño, mis padres me llevaban los fines de semana a comer Helados Chiandonni en la colonia Nápoles, atravesábamos la mitad de la Ciudad de México desde Villa Coapa sólo para comer un helado en menos de 5 minutos. Luego de adulto tuve la fortuna de vivir a pocas calles de la misma heladería italiana, las meseras me saludaban, estoy seguro de que trataban de adivinar si pediría plátano o mamey, cualquier sabor es una delicia. En mi infancia no había epidemias mundiales, nunca tuve sarampión, nunca tuve varicela, sería ridículo morir por una gripa en pleno siglo XXI.

Escuché el sonido agudo de la campanilla detenerse y salté con curiosidad desde mi cama. El gato negro siguió soñando con chimeneas y escobas voladoras. El mítico hombre de las nieves estaba en la puerta de mi casa bajo el sol. En silencio, lo vi abrir la tapa de aquel carrito que, como nave espacial expulsó vapor blanco, provocado por la sublimación de la nieve carbónica. Su mano se perdió al entrar en aquel gélido mundo portátil, que transportaba por la ardiente ciudad.
Miré por mi ventana como un astronauta mirando la galaxia, encerrado en una cápsula espacial. Obediente al ministro de salud, no había tenido contacto exterior por 4 semanas. Recordé que por la mañana el Papa Francisco había pedido orar por médicos, enfermeros y hasta por el personal de supermercados, pero no por el hombre de los helados. ¿Existirá el virus en el mundo del hombre de los helados?
Abrí la puerta por primera vez en días y con un guante de plástico blanco, tomé entre mis manos aquel helado tesoro. Galleta y chocolate se fundían rápidamente entre mis dedos, mi sonrisa se perdió detrás de un cubrebocas verde. El sonido peculiar de las campanillas del carrito se alejó por la calle, entre gritos de loros que veían el atardecer. Es curioso pensar que los médicos llevarán por el mundo las vacunas del coronavirus en una hielera gélida. Quiero imaginar un mundo en donde el señor de los helados reparta vacunas por las calles y los médicos repartan helados de fresa a los enfermos del mundo.
La calle se quedó sola y en silencio nuevamente. Hoy dormiré 10 horas y mañana prepararé otra vez café con 3 cucharaditas, mi ciclo de vida se repetirá varias veces más durante la cuarentena. Quisiera regresar el tiempo y comer más helado en un mundo sin pandemias. No queda más que confiar en que el señor de los helados llegue mañana con la cura, o con un helado para mantener la esperanza de que saldremos pronto a caminar por las calles del mundo.
Un helado para aquellos que comprendieron que nadie se salva solo.

Más información sobre esta iniciativa: Diario literario de un confinamiento

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