¡Primer Premio de Microrrelatos Consejo Social-Voluntariado de la Universidad Complutense!

La herida invisible

Lo más seguro es que no nos conozcamos y que nunca lleguemos a hacerlo. Quizás nos vimos en la desangelada estación. Tal vez nos cruzamos en el pasillo o nos sonreímos en la cafetería, intentando salvar nuestro café del impertinente traqueteo. Quisiera imaginar, compañero de viaje, que nunca pasó nada porque las peores pesadillas son las que se viven y no las que se sueñan.
No llego a entender por qué me despierto en una habitación desconocida, con la cara ensangrentada, cubierta de polvo y retorcida de dolor. Recuerdo, entre nieblas, que mis amigas levantaron todo lo que me aplastaba. Mi mente dibuja esos brazos de quien nos ayudó a salir del vagón en llamas. Semiconscientes y aturdidas, las cuatro deambulamos descalzas por las vías, bajo una bruma opaca y la inevitable presencia de ese silencio denso que acompaña a la muerte. Los gritos de unos hombres agitaron el cielo. Nos esperaban con cuerdas, para ayudarnos a escapar por un desnivel. Llega la imagen fugaz del barro que se hunde bajo mis pies y regreso a la oscuridad de mi memoria.
Aislada en esta habitación, me cubro los ojos. Siento caer sobre mí lágrimas sin nombre y noto cómo el suelo retumba por el trasiego de heridos. Un miedo gélido me corta la respiración. Mis amigas han desaparecido, nadie me acompaña, solo la duda y el presentimiento. No muy lejos, escucho a alguien que pregunta sin descanso por su padre. La respuesta se queda suspendida en el aire, mientras se alumbran otras nuevas, que revolotean para intentar cerrar el vacío. Tiemblo aterrada como el pájaro caído que nunca volverá a volar, pero entra un joven que, al verme, abre las puertas de la habitación de par en par y advierte de viva voz a los dos lados del pasillo: —¡Aquí está! ¡Que todos estén pendientes de si grita, llora o se siente mal!—. Creo que sospecha que sufro una hemorragia interna por aplastamiento y, aunque me arden la espalda, brazos y costillas, me arropa con mimo porque sabe que es otro frío el que siento.

¿Qué hora será? Imposible adivinarlo en este lugar cerrado, pero cada poco, alguien se asoma fugaz para ver cómo estoy y reactiva este tiempo prisionero. De pronto, entra una espiral luminosa, María, y me escucha con paciencia mientras me libera de miles de minúsculos cristales que llevo adheridos a la piel. Compañero de viaje, si pudieras leerme, ¡ojalá pudieras!, la soledad es una dolorosa herida invisible que los voluntarios saben curar. En la noche más larga, he aprendido que la felicidad es su perpetua compañera de viaje. No olvidaremos este día ni su eterna sombra, pero me han prometido curarnos de esta herida invisible y yerma que se llama soledad. Ahora te digo adiós, María quiere enseñarme a abrazar de nuevo la aurora y, sin querer mirar atrás, salgo de esta habitación más tranquila. Aunque no me conozcas, aunque nunca lleguemos a conocernos, sé que ya no volveré a estar sola, ni tú tampoco.

María Dolores Cabrero Rodríguez-Jalón.
Primer Premio Complutense de Microrrelato – Programa Voluntariado UCM & Consejo Social

Noticia: https://tribuna.ucm.es/news/los-i-premios-de-voluntariado-complutense

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